
La Confesión: género literario
por María Zambrano.
El hombre siente la verdad dentro de sí, dentro de su vida; a veces vislumbra o presiente en esos claros del bosque extrañas formas de la verdad. Son, según Maria Zambrano, evidencias, lo que los místicos llamarán una revelación, y que deben serle asimilables o reconciliables porque la «verdad pura humilla a la vida cuando no ha sabido enamorarla»[1]. Entonces, el hombre busca un interlocutor con el fin de compartir ese descubrimiento, de expresar esa verdad revelada, porque «encontrarla es ya comunicarla»[2]. El momento en que el sujeto se revela a sí mismo, «por horror de su ser a medias y en confusión», es el acto conocido como la confesión: «el método más inmediato y más directo de que la vida se libre de sus paradojas y llegue a coincidir con ella misma» (38).
María Zambrano desarrolla en esta breve y condensada obra, mediante su método conocido como razón poética o lógica del sentir, toda una teoría, cuando no una proclama: la utilidad práctica de la Confesión en la vida del hombre, y sobre todo, en la del hombre moderno, protagonista y víctima de ese «drama de la Cultura Moderna: la falta inicial de contacto entre la verdad de la razón y la vida» (17), y al que se refiere como el hombre subterráneo, «un ser extraño para sí mismo» y que «ha perdido o no ha llegado a poseer la intimidad consigo mismo» (108), tal y como lo afirma en su conclusión:
«Muertos en vida que exhalan gemidos, gritos desde el fondo del sepulcro, que es su infierno, sus palabras suenan siempre, son gritos desde el fondo, llamadas de auxilio en una época muy poco piadosa, cada vez menos, con los muertos de verdad que al fin ya no gritan […] y de ahí también que sus palabras, gritos desde el fondo del infierno, tengan mucho de confesión a la desesperada y en sus adeptos funcione de una manera parecida a una confesión.» (100)
Que le servirá para hallar la principal función de la confesión para el hombre moderno:
[1] A este aspecto, cita Zambrano a Nietzsche: “Se hace muy difícil aceptar la verdad sin más, pues una vez aceptada hay que someterse a ella”.
[2] Todas las citas de las que solo se da la página corresponden a la obra reseñada; M. Zambrano, La Confesión: género literario, Siruela Editorial, Madrid, 2004.
[3] En comparación a los filósofos contemporáneos a San Agustín, que «partían en busca de la verdad sin que pensaran que tenían antes que mostrarse a sí mismos, que descubrirse para descubrir» (pág. 59)
[4] M. Zambrano, Delirio y destino. Mondadori, Madrid, 1989, p. 92
[5] M. Zambrano, Filosofía y poesía, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993, p.106
[6] Revilla, Carmen. «Raíz y horizonte del pensamiento de María Zambrano», dentro de Claves de la razón poética. María Zambrano: un pensamiento en el orden del tiempo (VV.AA.) Editorial Trotta, Madrid, 1998.
[7] Jorge Larrosa, «Sobre el camino recibido o la delicada conjunción entre método, vida y experiencia», Ibíd. p.131
por María Zambrano.
Siruela, 1995
El hombre siente la verdad dentro de sí, dentro de su vida; a veces vislumbra o presiente en esos claros del bosque extrañas formas de la verdad. Son, según Maria Zambrano, evidencias, lo que los místicos llamarán una revelación, y que deben serle asimilables o reconciliables porque la «verdad pura humilla a la vida cuando no ha sabido enamorarla»[1]. Entonces, el hombre busca un interlocutor con el fin de compartir ese descubrimiento, de expresar esa verdad revelada, porque «encontrarla es ya comunicarla»[2]. El momento en que el sujeto se revela a sí mismo, «por horror de su ser a medias y en confusión», es el acto conocido como la confesión: «el método más inmediato y más directo de que la vida se libre de sus paradojas y llegue a coincidir con ella misma» (38).
María Zambrano desarrolla en esta breve y condensada obra, mediante su método conocido como razón poética o lógica del sentir, toda una teoría, cuando no una proclama: la utilidad práctica de la Confesión en la vida del hombre, y sobre todo, en la del hombre moderno, protagonista y víctima de ese «drama de la Cultura Moderna: la falta inicial de contacto entre la verdad de la razón y la vida» (17), y al que se refiere como el hombre subterráneo, «un ser extraño para sí mismo» y que «ha perdido o no ha llegado a poseer la intimidad consigo mismo» (108), tal y como lo afirma en su conclusión:
«La pavorosa faz de la actualidad, ¿no nos presenta, sin duda, esta figura de un mundo sin sujeto […] donde el yo anda errante como rey sin súbditos […] ¿No estará necesitado de una verdadera e implacable confesión?» (108)
En la labor de analizar la Confesión y demostrar así que se trata de un género literario separado de la novela o la poesía, Zambrano accede al análisis detallado de su cronología, «la trágica historia de la desesperación de la verdad que querríamos seguir paso a paso, y que constituye lo más hondo de nuestro drama», así como de sus protagonistas más destacados, no sin antes definir lo que ella entiende como Confesión:
«El extraño género llamado confesión se ha esforzado por mostrar el camino en que la vida se acerca a la verdad saliendo de sí sin ser notada […] El género literario que en nuestros días se ha atrevido a llenar el hueco, el abismo ya terrible por la enemistad entre la razón y la vida.» (24).
El libro queda dividido en dos partes, la primera (Capítulo I) dedicada por completo a la obra de San Agustín Confesiones, que aunque con precedentes, se considera fundadora del género literario; la segunda parte resulta de la investigación de las principales confesiones a partir del siglo V d.C. fecha de publicación de las Confesiones de Agustín. En contrapunto, y ya en el Capítulo II, Zambrano considerará que la confesión del «hombre nuevo» surge con Descartes, de la soledad que ya no es «morada» sino «el ser mismo del hombre.» (73) y concluirá con la visión de los «hombres subterráneos», sus contemporáneos, a los que dirigirá una dura crítica y a la vez se apiadará de ellos con la pregunta final que cierra la obra «¿No estará necesitado de una verdadera e implacable confesión?» (108)
Afirmará primeramente que fue San Agustín el primero en hacer una Confesión como tal: «San agustín inauguró el género con tanto esplendor, porque es el hombre viejo desamparado y ofendido, tanto como pueda estarlo el hombre moderno, que al fin se amiga con la verdad», aunque reconocerá que tiene este filósofo un antecedente claro, el Libro de Job: «Es Job el antecedente de la confesión y decir Job es tanto como decir queja: es la queja. » (24). Esta queja será dada en el libro de Job «a viva voz»:
El libro queda dividido en dos partes, la primera (Capítulo I) dedicada por completo a la obra de San Agustín Confesiones, que aunque con precedentes, se considera fundadora del género literario; la segunda parte resulta de la investigación de las principales confesiones a partir del siglo V d.C. fecha de publicación de las Confesiones de Agustín. En contrapunto, y ya en el Capítulo II, Zambrano considerará que la confesión del «hombre nuevo» surge con Descartes, de la soledad que ya no es «morada» sino «el ser mismo del hombre.» (73) y concluirá con la visión de los «hombres subterráneos», sus contemporáneos, a los que dirigirá una dura crítica y a la vez se apiadará de ellos con la pregunta final que cierra la obra «¿No estará necesitado de una verdadera e implacable confesión?» (108)
Afirmará primeramente que fue San Agustín el primero en hacer una Confesión como tal: «San agustín inauguró el género con tanto esplendor, porque es el hombre viejo desamparado y ofendido, tanto como pueda estarlo el hombre moderno, que al fin se amiga con la verdad», aunque reconocerá que tiene este filósofo un antecedente claro, el Libro de Job: «Es Job el antecedente de la confesión y decir Job es tanto como decir queja: es la queja. » (24). Esta queja será dada en el libro de Job «a viva voz»:
«Es Job quien habla en primera persona; sus palabras son plañidos que nos llegan en el mismo tiempo en que fueron pronunciados; es como si los oyéramos; suena a viva voz», con lo que tendremos la primera definición de la confesión: «Y esto es la confesión: palabra a viva voz.» (26)
Después de confesarse, San Agustín pasará a la acción movido por la «inquietud transformada, convertida»: «tras de su confesión, no se sumerge en la felicidad presentida, en el paraíso soñado. Le espera el trabajo, la acción: la vocación. Porque ya ha encontrado a sus semejantes, los ha encontrado dentro de sí mismo. Ante ellos se ha confesado, les ha hablado desde lo más intimo a viva voz, y cuando ha recibido la verdad la ha recibido también ante ellos, y por ellos.» (54), por lo cual concluirá Zambrano: «San Agustín ha desvanecido el terror del hombre antiguo […] y ha encontrado a sus hermanos. La vida se ha hecho posible» (57) gracias a su importante convencimiento de «que solamente descubriéndose a sí mismo se llega al descubrimiento de la verdad» (60).[3]
Ya en el Capítulo II, nos hablará Zambrano del «hombre nuevo» que parece encarnar en primer lugar Descartes, y al que se referirá como el primero que hace de la soledad una forma de vida, aunque reconocerá que fue Juan Jacobo Rousseau quien realizó la primera confesión del «hombre nuevo», movido por un «afán cada vez más frenético de buscar la originalidad del mundo interior» y por «explorar la soledad de cada hombre como una mina de realidad inagotable» (76):
Ya en el Capítulo II, nos hablará Zambrano del «hombre nuevo» que parece encarnar en primer lugar Descartes, y al que se referirá como el primero que hace de la soledad una forma de vida, aunque reconocerá que fue Juan Jacobo Rousseau quien realizó la primera confesión del «hombre nuevo», movido por un «afán cada vez más frenético de buscar la originalidad del mundo interior» y por «explorar la soledad de cada hombre como una mina de realidad inagotable» (76):
«Y así nació la nueva confesión del hombre nuevo. En su espejo verídico nos trae su imagen. Y como, según se verá, él nada gana con ello, parece un acto de humildad, casi de abnegación.» (77)
Seguidamente analizará Zambrano lo que de confesión tiene el sentir romántico:
«Y así el romanticismo, incesantemente y con esa terrible inocencia que le caracteriza, hará confesiones en forma de historia, haciendo de la historia una confesión, sin creer o habiendo olvidado, y aún haciendo lo posible para olvidarse, que la historia del corazón no es sino el medio para que la confesión se realice.» (78)
Hará alusión a los creadores de «Paraísos Artificiales», principalmente Baudelaire y Rimbaud, que tomaron el camino de la confesión, «más próximo a esa disciplina [la poesía] en que la vida anímica alcanza su transmutación, y a los que se referirá como extremistas «en su delirio moderno»:
“Baudelaire y Rimbaud: sus polos eran la desesperación y la felicidad; vivir era tan solo sentirse arrebatar por la una o por la otra, hundirse en el abismo de las dos, en verdad un solo abismo.” (89)
Luego nombrará Zambrano al movimiento surrealista porque según sus mismas palabras, es «imposible no ver que el último gran movimiento poético de nuestro días, el surrealismo, tiene mucho de confesión» y lo justificará:
«su carácter de rebeldía poética, sin mezclas con luchas sociales […] el surrealismo va en busca de este centro de identidad que está en el hombre y no es facultad o potencia.» (91)
Finalmente, en el apartado titulado Los Hombres subterráneos, María Zambrano realizará un detallado análisis de la tragedia de aquellos
«su carácter de rebeldía poética, sin mezclas con luchas sociales […] el surrealismo va en busca de este centro de identidad que está en el hombre y no es facultad o potencia.» (91)
Finalmente, en el apartado titulado Los Hombres subterráneos, María Zambrano realizará un detallado análisis de la tragedia de aquellos
«Muertos en vida que exhalan gemidos, gritos desde el fondo del sepulcro, que es su infierno, sus palabras suenan siempre, son gritos desde el fondo, llamadas de auxilio en una época muy poco piadosa, cada vez menos, con los muertos de verdad que al fin ya no gritan […] y de ahí también que sus palabras, gritos desde el fondo del infierno, tengan mucho de confesión a la desesperada y en sus adeptos funcione de una manera parecida a una confesión.» (100)
Que le servirá para hallar la principal función de la confesión para el hombre moderno:
«Pues al fin una de las funciones de la confesión es abrir sitio para una realidad que corre riesgo de asfixiarse. El pensamiento abre lugar a ciertas realidades, librándolas de su contradicción, mostrando su objetividad. La confesión conquista ese lugar para las realidades íntimas no reductibles a objeto, realidades que necesitan de un respaldo vivo, de una existencia singular que las sostenga, pues ellas no quieren ser transformadas en objeto.» (101)
En cuanto al estilo de la obra, se puede decir que es representativo del original estilo que conreó María Zambrano a lo largo de casi toda su obra: la conocida como razón poética; un razonar poético, aunque eso pueda parecer contradictorio, un pensamiento regido por lo simbólico que se adentra en las regiones de lo vivido, de lo sentido particular e íntimo con el fin de lograr «entrar en el tiempo y aprender a vivirlo»[4]. La razón poética designa justamente la unión de dos disciplinas al parecer irreconciliables: «Filosofía y poesía están en el proceso de la fusión de disparidades antagónicas. En ambas aparece el apaciguamiento en que los secretos anhelos se aplacan y donde la vida encuentra su adecuado espejo, el espejo del conocimiento vivificante»[5]
A menudo el encabalgamiento de las ideas hace que su estilo se aleje del racionalismo, sin por ello dejar de filosofar, para moverse en el ámbito del pensamiento emotivo que propicia la poética. En este sentido, dirá Carmen Revilla: «la racionalidad zambriana, que sitúa su discurso en los límites de las clasificaciones habituales del saber y de la filosofía, en su aspecto positivo persigue desde el inicio recoger el fermento del tiempo que hace germinar la vida»[6]. Por ello se ha tildado a menudo a Zambrano de pensadora vitalista, tal y como se definía Nietschze. Para Jorge Larrosa utiliza similares palabras:
“Porque uno de los hilos principales para un recorrido posible por la obra de María Zambrano es el de una suerte de metafísica experimental en la que se haga posible la experiencia humana.”[7]
Bibliografía manejada
─ Moreno Sanz, Jesús (Editor). La razón en la sombra: Maria Zambrano, Antología crítica (VV.AA.) Editorial Siruela, Madrid, 2004.
─ Revilla, Carmen (Editora). Claves de la razón poética. María Zambrano: un pensamiento en el orden del tiempo (VV.AA.) Editorial Trotta, Madrid, 1998.
─ Zambrano, María. La confesión: género literario. Editorial Siruela, Madrid, 2004.
, ─ Hacia un saber sobre el alma. Alianza Editorial, Madrid, 2000.
, ─ Delirio y destino. Mondadori, Madrid, 1989.
, ─ Filosofía y poesía, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993.
Links
www.babab.com
www.ensayistas.org/filosofos/spain/zambrano
www.ortegaygasset.edu/revistadeoccidente
En cuanto al estilo de la obra, se puede decir que es representativo del original estilo que conreó María Zambrano a lo largo de casi toda su obra: la conocida como razón poética; un razonar poético, aunque eso pueda parecer contradictorio, un pensamiento regido por lo simbólico que se adentra en las regiones de lo vivido, de lo sentido particular e íntimo con el fin de lograr «entrar en el tiempo y aprender a vivirlo»[4]. La razón poética designa justamente la unión de dos disciplinas al parecer irreconciliables: «Filosofía y poesía están en el proceso de la fusión de disparidades antagónicas. En ambas aparece el apaciguamiento en que los secretos anhelos se aplacan y donde la vida encuentra su adecuado espejo, el espejo del conocimiento vivificante»[5]
A menudo el encabalgamiento de las ideas hace que su estilo se aleje del racionalismo, sin por ello dejar de filosofar, para moverse en el ámbito del pensamiento emotivo que propicia la poética. En este sentido, dirá Carmen Revilla: «la racionalidad zambriana, que sitúa su discurso en los límites de las clasificaciones habituales del saber y de la filosofía, en su aspecto positivo persigue desde el inicio recoger el fermento del tiempo que hace germinar la vida»[6]. Por ello se ha tildado a menudo a Zambrano de pensadora vitalista, tal y como se definía Nietschze. Para Jorge Larrosa utiliza similares palabras:
“Porque uno de los hilos principales para un recorrido posible por la obra de María Zambrano es el de una suerte de metafísica experimental en la que se haga posible la experiencia humana.”[7]
Bibliografía manejada
─ Moreno Sanz, Jesús (Editor). La razón en la sombra: Maria Zambrano, Antología crítica (VV.AA.) Editorial Siruela, Madrid, 2004.
─ Revilla, Carmen (Editora). Claves de la razón poética. María Zambrano: un pensamiento en el orden del tiempo (VV.AA.) Editorial Trotta, Madrid, 1998.
─ Zambrano, María. La confesión: género literario. Editorial Siruela, Madrid, 2004.
, ─ Hacia un saber sobre el alma. Alianza Editorial, Madrid, 2000.
, ─ Delirio y destino. Mondadori, Madrid, 1989.
, ─ Filosofía y poesía, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993.
Links
www.babab.com
www.ensayistas.org/filosofos/spain/zambrano
www.ortegaygasset.edu/revistadeoccidente
notas
[1] A este aspecto, cita Zambrano a Nietzsche: “Se hace muy difícil aceptar la verdad sin más, pues una vez aceptada hay que someterse a ella”.
[2] Todas las citas de las que solo se da la página corresponden a la obra reseñada; M. Zambrano, La Confesión: género literario, Siruela Editorial, Madrid, 2004.
[3] En comparación a los filósofos contemporáneos a San Agustín, que «partían en busca de la verdad sin que pensaran que tenían antes que mostrarse a sí mismos, que descubrirse para descubrir» (pág. 59)
[4] M. Zambrano, Delirio y destino. Mondadori, Madrid, 1989, p. 92
[5] M. Zambrano, Filosofía y poesía, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993, p.106
[6] Revilla, Carmen. «Raíz y horizonte del pensamiento de María Zambrano», dentro de Claves de la razón poética. María Zambrano: un pensamiento en el orden del tiempo (VV.AA.) Editorial Trotta, Madrid, 1998.
[7] Jorge Larrosa, «Sobre el camino recibido o la delicada conjunción entre método, vida y experiencia», Ibíd. p.131
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