lunes, 7 de mayo de 2007

Huellas y desdoblamientos



15/12/2005








Cette idole, yeux noirs et crin jaune, sans parents ni cour, plus noble que la fable, mexicaine et flamande; son domaine, azur et verdure insolents, court sur des plages nommées, par des vagues sans vaisseaux, de noms férocement grecs, slaves, celtiques.

ENFANCE, Illuminations, Arthur Rimbaud






El arte parece ser el empeño por descifrar o perseguir la huella dejada por una forma perdida de existencia.

María Zambrano




























Introducción







Trataré de perseguir en este ensayo las huellas de dos escritores argentinos, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar a lo largo de la obra capital del chileno Roberto Bolaño, Los detectives salvajes; de la misma manera que podría haber decidido perseguir las huellas de Bolaño en Borges y Cortázar porque la literatura no se mueve en el tiempo sino que se mueve en su propio tiempo, acaso eterno o atemporal, si es que es cierto que finalmente la obra viaja irremediablemente sola en la Inmensidad, como profetiza un crítico literario en la novela del chileno.
Puede decirse sin miedo a equivocarse que Roberto Bolaño bebe en gran medida de sus antecesores nada más que por el hecho de haber venido antes ellos que él en el espacio tiempo, pero siendo justamente ese acto de bebida el que me interesa, se diría incluso que Bolaño se emborracha de estos dos autores, verdaderos satélites alrededor de los cuales gira el cuento latinoamericano en la literatura del siglo XX. Porque aunque Los detectives salvajes parte desde y hacia el cuento, en y por el cuento, nace de él y muere en él, bien mirado estamos ante una novela puesto que si bien se trata de un dietario o diario de memorias del poeta Juan García Madero (I. Méxicanos perdidos en México (1975) y II. Los desiertos de Sonora (1976)) atravesado o partido por una sucesión de cuentos o dialogos en forma de soliloquio o de monólogo con interlocutor fantasma de multiples y dispares voces de personajes (II. Los detectives salvajes) hay un hilo que une la polifonía: los personajes. Es ciertamente una materia a la que debemos considerar Novela -como bien se le podría haber llamado nivola, como se llamó novela a Rayuela- materia que encuentra su conjointure, según el concepto del precursor de la novela moderna Chrétien de Troyes, en los personajes y en su trágico o heroico transcurso-decurso.
Realizaré por tanto un ensayo de comparación y analogía entre estos tres escritores a través de la radiografía de esas tres obras; Decir que estoy en deuda permanente con la obra de Borges y Cortázar es una obviedad. Así presenta Bolaño su novela Los detectives salvajes a la hora de recibir el premio Rómulo Gallegos en 1999. Aprovecharemos pues esta obviedad comparando un relato de cada autor con la novela del chileno, considerando El perseguidor y El sur claves en las obras de cada uno de los autores, comparación que ayudará a rastrear las coordenadas literarias de aquellos a partir de Los detectives… y a la inversa.












1. Los perseguidores salvajes: Huellas









Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,
y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el secreto…
Juan L. Ortiz, Entre Ríos, 1958











García Madero, Ulises Lima y Arturo Belano, protagonistas de Los detectives salvajes, persiguen a Cesárea Tinajero en un viaje que durará 20 años. Pero ¿quién es Tinajero? Se nos dice que es la fundadora mítica del grupo poético viscerealista desaparecida; estos van en su búsqueda sin saber muy bien porqué ni para qué, un poco para encontrar el origen, un poco para emprender una empresa y lanzarse al camino, (¿por qué sale Don Quijote de su casa?):

“...el destino de García Madero, es decir, ponerse en ruta, abandonarlo todo…” (Pág. 87)[1]

Pero más concretamente, ¿qué es Cesárea Tinajero? Es el origen y a la vez el fin, como la música que persigue Johnny Carter, el protagonista de El perseguidor; es el Tiempo, el Dios Cronos que se persigue por la vía detectivesca para resultar ser al fin la muerte. Poeta y músico como perseguidores del Tiempo y en el Tiempo; unos salen del tiempo para hallarlo, otros se insertan en él. Poetas como desveladores del enigma primero que es el Tiempo: para ello se le desafía, se vive contra él[2], à rebours, o inserido en él como Johnny:


La música me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. (Pág. 316)[3]


Así como se está fuera de él, Out of Nowhere como la canción de Django Reinhardt que tararean Tica, Baby Lennox y Bruno (fuera de ningún lado: nowhere y también fuera de aquí y ahora, now y here), como están Out of Nowhere en las tres partes de Los detectives…, que algunos consideran funcionan como metáfora de las tres edades: infancia, juventud, senectud; nacimiento y muerte y en medio el gran viaje nebuloso de la vida compuesto de memorias y recuerdos inventados o fundados que es donde encontramos a Belano y Lima flotando, en una suerte de temporalidad confusa puesto que los conocemos a través de memorias de otros; Johnny afirma:



Lo mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda entera en la bolsa, cientos y cientos de trajes, como yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces.(316)



El viaje persecutorio es también un meterse en el tiempo, y a la vez un salirse de él; es errancia en el camino que emprenden el mexicano y el chileno, como el metro para Johnny. La poesía como forma de vida: vagabundaje, miseria, provocación, ebriedad; el mismo Ulises Lima pasea por las calles de México DF durante días seguidos, no se sabe en busca de qué. Acaso para buscar más droga para vender, acaso por el simple hecho de conocer la ciudad, de vivir la cuidad, de ser la ciudad a fin de cuentas.


A veces ellos desaparecían, pero nunca por más de dos o tres días. Cuando les preguntabas adónde iban, contestaban que a buscar provisiones. Eso era todo, acerca de eso nunca hablaban de más. Por supuesto, algunos, los más cercanos, sabíamos, sino a dónde iban sí qué era lo que hacían durante esos días. A algunos les daba igual. A otros les parecía mal, decían que era un comportamiento lumpen. El lumpenismo: enfermedad infantil del intelectual. (Pág. 181)


Enfermos ‘perros románticos’, Belano y Lima; en su delirio moderno, Baudelaire y Rimbaud: sus polos eran la desesperación y la felicidad; vivir era tan solo sentirse arrebatar por la una o por la otra, hundirse en el abismo de las dos, en verdad un solo abismo, vislumbra María Zambrano, en nada distante de la afirmación del propio Bolaño acerca de su obra:


… la novela intenta reflejar una cierta derrota generacional y también la felicidad de una generación, felicidad que en ocasiones fue el valor y los limites del valor.[4]

Creadores poetas que se lanzan a vivir ya sea en desesperación, como en felicidad, pero desprendidos, lanzados al vacío y sin paracaídas pues que son huérfanos, como afirma Manuel Maples Arce: todos los poetas, incluso los más vanguardistas, necesitan un padre. Pero estos eran huérfanos de profesión[5]. La orfandad de la selva urbana de indescifrable realidad que por convención llamamos México, como ha dicho Juan Villoro, va a consultar a sus padres poetas; estos son Amadeo Salvatierra: y cuando nombraron a Cesárea yo levanté la vista y los miré como si los viera a través de una cortina de gasa, gasa hospitalaria para ser más precisos, y les dije no me llamen señor, muchachos, llámenme Amadeo, como los amigos[6]; Joaquín Font, padre adoptivo de García Madero que vive con sus tíos; Auxilio Lacouture: Yo soy la madre de la poesía Mexicana. Yo conozco a todos los poetas y todos los poetas me conocen a mí[7]. Y por fin Cesárea Tinajero, que es la madre-enigma de donde todo brota y a donde todo va a parar, porque es nacimiento y a la vez es muerte. Comienzo y fin son la misma cosa, lo que significa que no hay uno sin el otro, lo que significa un poco más allá que no hay ninguno de los dos puesto que Los detectives… empieza in medias res y acaba con una ventana vacía.
Porque al fin emprenden un viaje de vuelta y de ida hacia la muerte, de vuelta hacia la muerte anterior, hacia la nada eterna, después del viaje ulisíaco de la misma manera que Johnny emprende cada día el metro hacía la nada eterna que es la música, y cada día, vuelve a empezar:

…el chimpancé que quiere aprender a leer, un pobre tipo que se da en la cara contra las paredes y no se convence, y vuelve a empezar. (Pág. 344)

Como el guerrero, al que algunas voces llaman escritor:

Este guerrero está siempre luchando. Sabe que al final, haga lo que haga, será derrotado, sin embargo recorre la cocina literaria, que es de cemento, y se enfrenta a su oponente sin dar ni pedir cuartel.[8]

Las huellas parecen coincidir si se miran bajo una lupa adecuada: personajes semejantes en la novela de Bolaño y el cuento largo de Cortázar, por la sencilla razón que en ambas hay una intención de retratar al creador moderno, al artista del siglo XX, un desesperado que no halla equilibrio entre su obra y su vida, entre su tiempo y el de su obra, un derrotado, aunque héroe: el superhombre o artista de genio, ese ser despreciable necesario, al que hay que saber girar en torno a él sin perder la distancia, como un buen satélite. Porque como Johnny, el músico norteamericano, el perseguidor de sonidos en el tiempo, “un ángel entre los hombres, un hombre entre los ángeles, una realidad entre las irrealidades que somos nosotros”, estos poetas latinoamericanos son fantasmas:

Miré a Arturo Belano […] y por un segundo pensé que aquello que veía no era una persona, no era un ser humano de carne y hueso, con sangre en las venas como usted o como yo, sino un espantapájaros, un envoltorio de ropas desastradas sobre un cuerpo de paja y de plástico, o algo así. P.209

Lima y Belano destructivos necesarios…

Belano y Lima no eran revolucionarios. No eran escritores. A veces escribían poesía, pero tampoco creo que fueran poetas. Eran vendedores de droga. Pág. 328


Como Johnny Carter que sufre por los otros:


Cada vez que Johnny sufre, va a la cárcel, quiere matarse, incendia un colchón o corre desnudo por los pasillos del hotel, está pagando algo por ellos, está muriéndose por ellos. (Pág. 343)


La épica de las orillas, cómo refería un crítico musical a propósito de Charlie Parker, parecida en gran medida al Johnny Carter de Cortázar, de la misma manera que al Arturo Belano de Bolaño.


…desembocan en el mundo viscoso de los traficantes, la existencia vil y la construcción de un (anti)heroísmo de la marginalidad, una épica de las orillas. Los jazzistas constituyen una montonera de francotiradores que disparan a la calle desde las azoteas y los limbos. La realidad llena de apariencias y de trampas los rodea, la fantasía y las representaciones del arte intentan tapar sus agujeros, sus fisuras, o, por lo menos, construir una habitación donde puedan ingresar aquellos que le dan la espalda al mundo y aceptan un reglamento de vida diferente, nunca escrito, que consiste sólo en normas ausentes e impracticables. El espacio resbaladizo de una antropología cuyos cimientos son el deseo y los sueños.[9]


Sus huellas son las de personajes que representan lo impenetrable, como Johnny: inútil cabrearte con él porque es como el viento que te despeina, lo incomprensible porque camina hacia atrás, como los realvisceralistas:

-De espaldas, mirando un punto pero alejándonos de él, en línea recta hacia lo desconocido. (Pág. 17)

Por ello son seductores sin quererlo:

Nunca los había visto tan hermosos. Sé que es cursi decirlo, pero nunca me parecieron tan hermosos, tan seductores. Aunque no hacían nada para seducir. Al contrario, estaban sucios, quién sabe cuánto hacía que no se daban una ducha, cuánto que no dormían, estaban ojerosos y necesitaban un afeitado.(Pág. 189)


Como Johnny, el héroe pobre diablo enfermo y vicioso y sin voluntad y lleno de poesía y de talento[10], del cual se nos dice que:
no es necesario ser mujer para sentirse atraído por Johnny; lo dificil es girar en torno a él sin perder la distancia, como un buen satélite, como un buen crítico. (Pág 342)


La épica que contiene una ética, que es la del joven, la del exiliado, la del poeta, la que escogió Cervantes, la del valiente,

la militancia […] que era nuestra juventud […] porque fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio […] escoger era escoger la juventud y escoger a los derrotados y escoger a los que ya nada tenían.[11]



En suma, la épica de la derrota, la épica de la generación resumida perfectamente en una frase del Discurso de Caracas de Bolaño: el sueño de los valientes que murieron por una quimera de mierda[12]. Como todo sueño, una experiencia trágica; como todo sueño, una narración, como toda literatura, un sueño dirigido según Borges. El sueño de los valientes, o sea los jóvenes poetas o muchachos desnudos bajo un arco iris de fuego; como todo sueño, una épica de la tragicomedia, la del gaucho ‘insufrible’ que sale a la llanura con la aceptación de que lo van a matar de antemano, los valientes como Dahlman, que murieron por una quimera de mierda:

Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran.[13]


También podemos tomar El sur de Borges, ese ente abstracto que parece estar cifrado en el viejo gaucho extático, como esa decisión de tirarse a la literatura como forma de obra-vida, sentir la lírica del vivir en la infamia de una épica, la de ser poeta. La de empuñar con firmeza el cuchillo, acaso sin saber manejarlo, la de lanzarse al ring… la de la escritura de calidad en palabras de Bolaño: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura es básicamente un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo.[14]














2-John Dahlmann y Arturo Belano: Desdoblamientos

…y es que el escritor no ha de ponerse a sí mismo,
aunque sea de sí de donde saque lo que escribe.
Sacar algo de sí mismo es todo lo contrario de ponerse a sí mismo.
Maria Zambrano, Porqué se escribe









De la literatura del escritor chileno puede decirse que está atravesada por su vivir, y con seguridad puede decirse también que su vivir está atravesado por la literatura. Se trata de lo que un infrarealista ha llamado la vida-obra de Bolaño, puesto que el personaje Arturo Belano no solo aparece en Los detectives salvajes, sino que reaparece en casi todas las narraciones cortas o novelas del chileno como Putas asesinas, Llamadas telefónicas, o 2666. Pero al fin, ¿qué escritor no saca de sí mismo lo que escribe?, ¿Hay acaso algún personaje de literatura que no tenga nada que ver con su autor? Si bien es cierto que la literatura vive de sus autores, hay que reconocer que en Bolaño y en Borges se acentúan lo que Zambrano ha llamado la “vida novelesca” o “vivir literario”. En la aclaradora afirmación de Juan Villoro encontramos una definición satisfactoria de la narrativa de Bolaño: Bolaño atesoró una patria memoriosa hasta convertirla en atributo de su imaginación, con lo que consiguió, dice Villoro, una descolocada veracidad de la ficción.[15]
Una memoria que es atributo de la imaginación: podría adjudicársele esa definición perfectamente a Borges, para quien el recuerdo es origen y fin de toda su narrativa de ficción; como podemos comprobarlo en “El Sur”, en donde la construcción de la ficción parte de un hecho real, o mejor aún, de un recuerdo de un hecho real que le sucedió al que lo escribe, como nos lo explica el propio Borges:[16]



“En la Navidad de 1938 –el mismo año en que falleció mi padre- sufrí un grave accidente. Subía por una escalera y de pronto sentí que algo me rozaba el cuero cabelludo. Había chocado con una ventana abierta y recién pintada. A pesar de los primeros auxilios, la herida se infectó después y durante una semana no pude dormir, sufrí alucinaciones y tuve mucha fiebre. Una noche perdí el habla y tuve que ser llevado al hospital para una operación de urgencia. Me amenazó una septicemia, y durante un mes estuve, sin saberlo, entre la vida y la muerte. (Mucho después escribí sobre esto en mi cuento "El Sur").”






De la misma manera funciona la ficción en Los detectives salvajes: Belano es, junto a Lima, el fundador del movimiento real visceralista, como lo fue Roberto Bolaño junto a Mario Santiago del movimiento infrarealista[17]. Si “Los detectives salvajes” violentan la historiografía de la cultura oficial y plantean un modelo alternativo de memoria[18], como anunciaba un crítico, debemos tomar la novela de Bolaño como un testimonio de una realidad que aparece desfigurada, transfigurada, disfrazada. De la misma manera que El sur está basada en una experiencia real del propio Borges, desdibujada en una acción que seguramente no sucedió realmente, como seguramente tampoco sucedió el final de Los detectives salvajes.
Si hay un elemento distintivo en la producción del autor, son las referencias autobiográficas. Sus alter ego Arturo Belano o B. se repiten incesantemente en sus relatos, así como también escenarios y situaciones en los que alguna vez deambuló. Ese yo biográfico lo veo desde alguien que busca hacer una presencia y señalar la fractura de esa misma presencia. Bolaño está ahí, pero a la vez no está. Es decir, se trata de un yo totalmente fragmentado, que se contradice de una u otra manera.[19]
¿No será ese acaso todo fin del alter ego en la literatura, el de señalar una fractura de una identidad, ese estar y no estar al mismo tiempo, ese soy yo pero no soy yo?
Una metaficción tendiente a evidenciar el remontaje del realismo. Es un estar en un real textualizado, lo cual permite la disolución de los contornos entre ambas zonas.
¿Qué pasa cuando se diluyen los contornos? O dicho de otra manera, ¿qué pasa cuando literatura y vida se confunden? Más aún, ¿qué pasa cuando la vida pasa a formar parte de la literatura y la literatura pasa a formar parte de la vida?: Bolaño reconoce en una entrevista que “la literatura siempre vive a través de uno. Del escritor o del lector: llegado a un cierto punto de ebullición, ambas figuras se confunden”. Por lo que se deduce que leer y escribir es un espejo que nos devuelve nuestra imagen. ¿Cómo llegar a estar seguros de cuál es el original? Del mismo modo, ¿Cual de los dos mundos es más real?



…se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.[20]






Desde Cervantes el objetivo de la narrativa moderna es el de confundir los contornos entre ficción y realidad; el loco es siempre el que dice las más grandes verdades. Es justamente en la ficción donde descubrimos la dudosa realidad de la realidad misma. Allí se nos aparece lo que no es real pero podría serlo, lo veraz, que demuestra efectivamente la exigua fiabilidad de aquello que llamamos realidad.
Por otra parte, el desdoblamiento que encontramos en estas dos obras que aquí trato de comparar, se dan por un mecanismo de diferencia entre lo que pasó y lo que podría haber pasado, diferencia entre el recuerdo de la realidad y la realidad real, valga la redundancia. Diferencia pues entre pasado y pasado recordado, con lo que tenemos que el recuerdo es el mayor detonante de la imaginación. Tanto en la obra de Borges como en la de Bolaño, se transfigura la realidad vivida para hacerla ficción y poder tratar de explicar la realidad misma. Se cumple entonces lo que el sabio Goethe convertía en máxima: “el arte es el medio más seguro de aislarse del mundo así como de penetrar en él”.
Ese es el desdoblamiento del que he tratado de hablar aquí, una manera de estar y no estar, de penetrar y de aislarse, lo que consiguen estos autores; desdoblarse en otra persona, mecanismo que se da tanto en el lector como en el escritor de todos los tiempos, pero más concretamente en el hombre de nuestro siglo, como bien ha visto María Zambrano:



…el arquetipo del hombre moderno: oscilante, doble o más bien múltiple, con varios rostros posibles y ninguno completo. Alguien que vive envuelto, apresado por categorías ambivalentes en pleno equívoco: víctima y actor, perseguido y perseguidor, enamorado y narcisista.

































Epílogo


¿Cómo funciona la literatura cuando la sometemos a agitación y a crítica, cuando bajo la máscara de críticos nos disponemos a disecarla y a tratar de descifrarla?, como denunciaba Bécquer:



Sobre la poesía no ha dicha nada casi ningún poeta; pero, en cambio, hay bastante papel emborronado por muchos que no lo son. El que la siente se apodera de una idea, la envuelve en una forma, la arroja en el estudio del saber, y pasa. Los críticos se lanzan entonces sobre esa forma, la examinan, la disecan y creen haberla entendido cuando han hecho su análisis. La disección podrá revelar el mecanismo del cuerpo humano; pero los fenómenos del alma, el secreto de la vida, ¿cómo se estudian en un cadáver? No te extrañes. Un sabio alemán ha tenido la humorada de reducir a notas y encerrar en las cinco líneas de una pauta el misterioso lenguaje de los ruiseñores. Yo, si he de decir la verdad, todavía ignoro qué es lo que voy a hacer; así es que no puedo anunciártelo anticipadamente.

Después de aquella tan gratificante primera lectura, en el análisis de una obra aparece lo que todo buen creador debe dejar escondido. Pero es que en realidad gozamos en disecar a los grandes autores porque disfrutarlos no nos basta para entenderlos, sino que es preciso asestarles nuestra visión, nuestra crítica, nuestro jucio, a fin de cuentas. A este aspecto dice Vicente Huidobro:



Poco no importan los errores o las verdades en un gran autor. Por mi parte puedo asegurar que muchos autores me gustan más en sus imperfecciones que en sus aciertos. Lo que nos interesa en Nietzsche no son las verdades de Nietzsche sino la nietzschesidad de Nietzsche.



Y añadiríamos que lo que nos interesa en un gran autor son nuestros propios errores o nuestros propios aciertos, puesto que vemos en una literatura lo que queremos ver, lo que deseamos ser. Vamos a buscar las respuestas a las preguntas que nosotros mismos nos cuestionamos, vamos a buscarnos a nosotros mismos, como en el amar, como en el soñar. Entonces trabamos afinidades y nos movemos por territorios análogos. El libro nos habla de nosotros mismos, nos devuelve nuestra imagen, nos desdoblamos.
Como hemos podido ver existen puntos en común entre estos tres autores, que han funcionado como una valorización de la literatura del último, Roberto Bolaño, a través de su obra Los detectives salvajes. Las huellas de los personajes de la magna novela premiada con el Rómulo Gallegos parecen coincidir con las pisadas del Jonny Carter de El perseguidor; en cuanto a El sur, hemos visto que el mecanismo del personaje alter ego opera de la misma manera que en Los detectives…, como opera en verdad en casi toda la literatura. Los personajes que creamos al escribir una ficción funcionan así: son nosotros mismos pero a la vez no lo son, están inspirados en el carácter de su creador, pero a la vez están reflejados en el recuerdo de su creador que mayoritariamente es una invención, o sea, una deformación del pasado, una alteración de la realidad. ¿Qué hay en los recuerdos de ficción y qué de realidad? La respuesta está en los libros.


































We dream -- it is good we are dreaming --
It would hurt us -- were we awake --
But since it is playing -- kill us,
And we are playing -- shriek --

What harm? Men die -- externally --
It is a truth -- of Blood --
But we -- are dying in Drama --
And Drama -- is never dead --

Cautious -- We jar each other --
And either -- open the eyes --
Lest the Phantasm -- prove the Mistake --
And the livid Surprise

Cool us to Shafts of Granite --
With just an Age -- and Name --
And perhaps a phrase in Egyptian --
It's prudenter -- to dream --



Emily Dickinson








































































notas




[1] Roberto Bolaño. Los detectives salvajes. Anagrama, Barcelona, 1997. Cito esta edición con el número de página.
[2] Comenta Ignacio Echevarría: “El DF es el campo de batalla donde se decidió la derrota contra el tiempo de una generación entera –la de Bolaño mismo- de jovenes malogrados, la mayoría poetas, todos olvidados.” En La escritura como tauromaquia. Celina Manzoni (compiladora), Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 2002.
[3] Julio Cortázar, El perseguidor, en Obras Completas, Galaxia Gutemberg y Circulo de Lectores, Barcelona, 2003. Cito esta edición con el número de página.
[4] En Acerca de “Los detectives salvajes” publicado en Roberto Bolaño, Entre paréntesis, Anagrama, Barcelona, 2004. Pág. 327
[5] Pág. 177
[6] Pág. 142
[7] Pág. 190
[8] Roberto Bolaño, Entre paréntesis, Anagrama, Barcelona, 2003. Pág 323.
[9] Miguel Garrido Muñoz, Tocata y fuga en la noche. Auge y caída de un mito americano, en Cuadernos de Jazz nº 87 , marzo-abril 2005.
[10] Op. Cit. Pág. 339
[11] Op Cit. Pág. 38
[12] Op. Cit. Pág. 38
[13] Jorge Luis Borges, El sur, en Prosa completa, Volumen 1, Ed. Bruguera, Barcelona, 1980.
[14] Op. Cit. Pág. 36
[15] En “La escritura como tauromaquia”.
[16] En: Emir Rodríguez Monegal, Borges, una biografía literaria, FCE, México, 1993. Pág. 291.
[17] “Roberto Bolaño dejó México en 1977. Antes lo habían hecho Mario Santiago, Bruno Montané y Juan Harrington, quien habría inspirado a Juan García Madero, protagonista de Los Detectives Salvajes. Los infrarrealistas se tomaron en serio el asunto de dejarlo todo y lanzarse a los caminos y el paradero de cada uno se volvió difuso. Santiago partió a Israel, Bolaño anduvo por África, Francia y finalmente recaló en Cataluña. Otros tantos permanecieron en México, pero todos, salvo Bolaño, volvieron alguna vez. Repartidos cada cual a su suerte desempeñaron todo tipo de oficios. Bolaño trabajó de vigilante de camping, lavaplatos, camarero, descargador de barcos, basurero y recepcionista. Las cartas, como era de esperar, se volvieron vitales: “-Querido Juan, de Mario sin noticias últimas. Bruno estuvo viviendo con él hace cosa de un mes. Yo viví con él hace dos meses. Conoce París como si fuera la Colonia Portales. Es amigo de los poetas jóvenes de París. Según Bruno, Mario asola los mercados Potin. Iba a sacar una revista con gente chilena y peruana y francesa. La revista sería bilingüe. No sé qué habrá pasado.” En El pasado infrarealista de Bolaño, por Matías Sánchez
[18] Op. Cit. Pág. 122
[19] Álvaro Bisama en Roberto Bolaño: un modelo para armar. Patricia Espinosa (compiladora) de pronta aparición.
[20] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Capítulo I, Primera parte. RBA editores, Barcelona, 1994.

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