El sentido del olfato
Se puede afirmar que, a lo largo de la historia, los investigadores no se han prodigado lo suficiente en desentrañar el funcionamiento del complejo sistema fisiológico que hace posible la sensación olfativa y sus efectos físicos y psíquicos, racionales y emotivos, en el hombre. No obstante, ha sido estudiado en el último cuarto del siglo XX, por antropólogos, sociólogos y psicólogos, descubriendo que el olor cumple un papel esencial en el comportamiento humano, y ha desempeñado un papel determinante en el sistema de comunicación de las formas de vida más primitivas ya que, probablemente durante largo tiempo, para hombres y animales el olfato fue mucho más importante que la vista pues, a través del olor, unos y otros podían obtener información del entorno que les proporcionaba la nutrición o la detección de la presa. En el hombre, el sentido del olfato ha ido perdiendo eficacia en la medida que los sentidos de la vista y el oído ganaban espacio en una mente cada vez más condicionada para el lenguaje oral y la elaboración de conceptos, en una sociedad de finales del XX, preponderantemente audiovisual.
Hay investigadores que datan ese cambio en el momento en que el hombre alcanza la posición erecta, mientras se desarrolla su aparato fonador, y amplía su campo visual, lo cual produce efectos sobre sus hábitos; oído y ojo se convierten en sus principales órganos de percepción sensorial del entorno, pero el sentido del olfato no se atrofia, y continúa siendo una fuente informativa de vital importancia y desempeña un papel significativo en la conducta afectiva.
Sabemos que un olor se percibe a través de la nariz y, aunque a veces nos resulte inexplicable, el complejo proceso sigue unas reglas biológicas estrictas, que han sido estudiadas por la Medicina.
La sensación olfativa que experimenta una persona es el resultado de un proceso que se inicia cuando un olor llega al aparato olfativo y, tras pasar por el cerebro, genera una reacción generalizada en todo el cuerpo. La señal tiene origen en la nariz y de ella pasa, a través del sistema nervioso, a determinadas zonas del cerebro, donde se convierte en sensación.
La percepción consiste, pues, en la reacción de los órganos sensoriales a los que la acción de agentes externos a los que son sensibles los induce a su identificación. La zona olfativa se halla situada en el área superior y posterior de la cavidad nasal de cada una de las aletas de la nariz ( ver esquema). Las células nerviosas de esta zona, cuyo número se calcula en unos diez millones, se prolongan en filamentos, que constituyen el extremo del complejo mecanismo olfativo. Así, cuando una molécula odorífera llevada por el aire de la respiración llega hasta estos filamentos y se aloja en sus receptores (o alvéolos) se produce una reacción química que excita las células nerviosas, las cuales envían una señal al cerebro, donde penetra y llega finalmente al denominado bulbo olfativo, que es donde se hace la primera “lectura” del mensaje. El bulbo está situado en uno de los sectores filogenéticamente más antiguos del cerebro humano, conocido como sistema límbico, que es donde radican los sentimientos y afectos. Desde ahí, la información sensorial se distribuye a otras zonas del cerebro como el tálamo, las amígdalas cerebrales y el hipotálamo, donde se alojan distintos grupos de neuronas que detectan, procesan y seleccionan las reacciones físicas y psíquicas provocadas por la percepción de un olor. El más importante es el hipotálamo (que controla la conducta sexual y maternal) cuyas neuronas inducen y regulan el comportamiento y las emociones del individuo según los estímulos recibidos y el estado y funcionamiento de su organismo. En este caso la información olfativa, a diferencia de la auditiva y visual, llega antes a una zona “emocional” que a las de raciocinio y reflexión del cerebro.
El hecho de que el mensaje pase directamente a la zona límbica, determina la estrecha vinculación existente entre el olfato y el comportamiento de los individuos, convirtiéndose este en un comportamiento mayoritariamente impulsivo (porque, como ya se ha dicho, están menos condicionados por mecanismos racionales).
Por lo tanto, el mayor efecto sensorial que provoca la percepción del olor en el hombre es debido a esta diferencia en el funcionamiento anatómico y fisiológico.
La percepción, a su vez genera un tipo de comportamiento; constituye la respuesta que se forma en el pensamiento como consecuencia de un estímulo y su sensación, y en función de determinadas circunstancias. Es decir, el comportamiento está determinado por la percepción y las sensaciones olfativas, y la memoria que se tiene de ellos (los olores).
Además, los efectos emocionales de fragancias agradables también afectan nuestra percepción de las otras personas.
1.2 Memoria olfativa
La educación olfativa comienza en la más temprana edad, cuando la percepción del entorno está vinculada a la de los olores. A través de estos, el individuo aprende a reconocer a su madre y los alimentos y más adelante, progresivamente, todo aquello que le produce aversión o placer y, sólo en algunas ocasiones, indiferencia. Bien es sabido que los olores conservan un poder extraño para afectarnos. Una bocanada de tabaco de una pipa, un determinado perfume o una fragancia olvidada por mucho tiempo, pueden evocar instantáneamente escenas y emociones del pasado (en forma de imágenes, de sonidos o de pensamientos). Es de tal manera, que muchos son los escritores y artistas que se han maravillado ante la calidad persistente de tales memorias . Los olores tienen una inusitada capacidad para despertar antiguos recuerdos y evocar sensaciones que se creían olvidadas.
Se dice que el ser humano promedio puede reconocer hasta 10.000 olores por separado. Estamos rodeados por moléculas odoríferas que proceden de los árboles, las flores, la tierra, los animales, el alimento, la actividad industrial, la descomposición bacteriana, otras personas, etc. No obstante, cuando queremos describir estos innumerables olores, a menudo recurrimos a las analogías crudas: algo huele como una rosa, como el sudor o como el amoníaco. Nuestros botones gustativos sólo nos proporcionan cuatro sensaciones claras: dulce, salado, agrio y amargo. Los otros sabores provienen del olfato, y cuando la nariz es bloqueada por un resfriado, la mayoría de los alimentos parecen suaves o insípidos. Es decir, los olores se van fijando en la memoria del individuo asociados a su experiencia vital.
Así describe Charles Baudelaire la experiencia vertiginosa del poder evocativo de los olores, y en concreto, de un perfume:
“Perfumes hay, tan intensos, que todo recipiente
es poroso. Diríase que hasta el vidrio traspasan.
(…) Tal es el recuerdo embriagante que en el aire
turbio revolotea; los ojos se cierran; el Vértigo
se apodera del alma vencida y con fuerza la empuja
a un abismo ensombrecido por miasmas humanos.
(…) ¡Delicioso veneno que los ángeles prepararon! ¡Licor
que me roe, ay vida y muerte de mi corazón!”
Durante siglos han existido personas que tienen una habilidad excepcional ―verdaderos prodigios―, hombres y mujeres que pueden distinguir emociones mediante el olfato, que pueden decir dónde ha estado un amigo o con quién, por el olor que lleva en la ropa o en la piel. Se sugiere que estas personas eran consideradas extraordinarias porque eran capaces de realizar conscientemente algo que todos hacemos en forma inconsciente.
La memoria olfativa se convierte así en un rico archivo de la experiencia del individuo que condiciona su percepción del mundo exterior y que continúa activa independientemente de la conciencia que se tenga de ella. Ya que el olfato es el único de los sentidos que permanece plenamente activo tanto si el individuo está despierto como si está dormido.
Dado que en la memoria olfativa cada olor percibido está asociado a una imagen mental, cada individuo organiza sus sensaciones olfativas aportando sus propios recuerdos e imágenes personales y, consecuentemente, puede tener un comportamiento particularizado. Esa es la razón por la que un olor pueda ser agradable para uno y desagradable para otro, y aún más si se trata de individuos pertenecientes a ámbitos sociales o culturales diferentes.
1.3-Tipos de olores
Según Margret Schleidt , las definiciones de los olores abarcan “prácticamente todos los órdenes de la vida”.
Entre los olores de la naturaleza que propone Shleidt, son considerados desagradables los producidos por materias vegetales o animales en descomposición, los excrementos y los vómitos, y agradables los relacionados con el bosque, la madera, las flores, las hierbas e incluso el heno, así como el mar, el aire, la tierra húmeda, etcétera. En el apartado de los olores humanos figuran primero los olores desagradables como los producidos por las excreciones fisiológicas, las exudaciones, sobre todo el olor axilar, y la halitosis y, en segundo lugar, los agradables, entre los que se encuentran los propios olores corporales y los de las personas queridas ( hijo, pareja…), y los sexuales.
Al igual que los restantes mamíferos, el hombre desprende señales odoríferas, ya que dispone, como aquellos, de glándulas específicas, llamadas glándulas apocrinas. Estas glándulas, que son sudoríparas, no se desarrollan plenamente hasta la adolescencia, cuando son estimuladas por las hormonas. Aún cuando los componentes químicos no son conocidos, se ha convenido en que son ellas las que producen el “olor corporal”, que es retenido principalmente por el vello de las axilas y de los órganos genitales.
El olor corporal también está condicionado por la diferente distribución y número de glándulas apocrinas según las razas, la alimentación y los hábitos de vida, lo cual identifica a cada individuo y determina la percepción de extrañeza en los otros. Además, el sexo otorga unas características odoríferas particulares, de modo que el hombre y la mujer desprenden un olor distinto, considerado por muchos más intenso el de ésta que el de aquél. No obstante, contraria a esa opinión, Isabel Allende , afirma que el olor masculino es más fuerte y directo que el de las mujeres, tal vez porque en general no está camuflado por perfumes, sino apenas mitigado por agua y jabón. El olor de los genitales y las axilas, sigue contando Allende, es un llamado, un mensaje cifrado que viaja directamente al cerebro del otro, activando el sistema de asociación, así como esa serie de asombrosas reacciones físicas y emocionales que nos incitan a hacer el amor. La ciencia ha comprobado recientemente aquello, que sin tanto estudio, toda mujer sabe desde hace milenios: que el deseo amoroso empieza en la nariz.
En otras culturas, el olfato ha sido establecido antaño como “el emperador de los sentidos” ; para los Ongee de las Islas Andaman, todo el universo está definido por el olfato. Su calendario está basado en los olores que desprenden las flores en su polinización a lo largo del año. Cada estación es nombrada a partir de un olor particular, y posee su propio distintivo “aroma-fuerza”. La identidad personal también es definida por el olor; para referirse a uno mismo, señalan la punta de la nariz, un gesto que significa “yo” y “mi olor”. Cuando conocen a alguien, los Ongee no preguntan “¿Cómo estás?”, sino algo así como “Konyune onorange-tanka?”, que significa “¿Cómo está tu nariz?”. Los Bororo de Brasil y los Ndut de Senegal también asocian la identidad personal con el olor. Para los Bororo, el olor del cuerpo se asocia a la “fuerza de vida” de la persona, y el aliento con el alma. Los Ndut creen que cada individuo está constituido por dos fuerzas “olorosas―definidas”; una es física, asociada con el cuerpo y el aliento, la otra, espiritual, que se considera que permanece después de la muerte del individuo. Un Ndut puede decir qué ancestro ha sido reencarnado en un niño reconociendo la semejanza entre el olor de éste y el muerto.
Un olor puede ser agradable, producirnos placer, evocar recuerdos, o puede ser desagradable y producirnos malestar. El primero recibe el nombre de aroma, fragancia o buen olor, mientras que el segundo es llamado hedor o peste.
A los occidentales el olor fecal les resulta repulsivo, pero a los Masai, una tribu guerrera de Kenia, les gusta untarse el cabello con estiércol de vaca, que le da un brillo pardo anaranjado y un poderoso olor. A los niños les gustan casi todos los olores, hasta que con la edad empiezan a sentir disgusto ante algunos. En la era isabelina, por ejemplo los amantes intercambiaban “manzanas de amor”: una mujer mantenía una manzana pelada en su axila hasta que se saturaba con su sudor, y se la daba a su amante para que la inhalara.
Ahora tenemos industrias enteras, comenta Diane Ackerman , dedicadas a eliminar nuestros olores naturales y reemplazarlos por otros artificiales. Principalmente apreciamos una aroma más que otro gracias a los esfuerzos de la publicidad, a nuestra credulidad: “La paranoia olfativa da buenos dividendos; en su codicia creativa, los publicistas nos han llevado a pensar con terror que podemos ser ofensivos y necesitamos toda clase de productos para disfrazar nuestros olores naturales.“
En Lo pestilente y lo fragante , el historiador Alain Corbin, realiza una historia del hedor, el perfume y la sociedad en Francia en los tiempos de revolución ( finales del siglo XVIII), en la que describe las cloacas abiertas de París, y señala el importante papel que ha representado el olfato en la fumigación a lo largo de la historia. Distingue varias formas de fumigación: la que se realiza por motivos de salud ( en especial, durante epidemias o pestes); la fumigación de insectos, e incluso la fumigación religiosa y moral. Apunta Corbin que en los castillos de la Edad Media se cubrían los pisos con junquillo, lavanda y tomillo, cuyos aromas se creía que prevenían el tifus. Constata, igualmente que los médicos siempre se han apoyado en su olfato, junto la vista, el tacto y el oído, para diagnosticar enfermedades, especialmente en la época anterior a la tecnología actual. Se dice que el tifus huele a ratón; la diabetes, a azúcar; la peste bubónica, a manzanas maduras; las paperas, a plumas recién arrancadas; la fiebre amarilla, a una carnicería; la nefritis, a amoníaco. Entre las enfermedades curiosas reconocibles por el olor está también la enfermedad de la orina, que padecen los niños pequeños y tiene un olor parecido al jarabe de arce. Los médicos no saben bien qué es lo que produce el olor. El olor a acetona en el aliento de un paciente suele ser señal de diabetes. El “aliento menstrual” ( hay mujeres que desarrollan un olor a cebollas) proviene de un cambio en los componentes sulfúricos del cuerpo durante el ciclo menstrual de una mujer.
En The Romantic Story of Scent , John Trueman dice: “los hombres de la antigüedad eran limpios y perfumados. Los europeos de la Edad Oscura eran sucios y sin perfume. Los de los tiempos medievales y modernos, hasta cerca del fin del siglo XVII, fueron sucios y perfumados. Los hombres del siglo XIX, en cambio, fueron limpios y sin perfume.” Luis XIV mantenía una cuadrilla de sirvientes dedicados exclusivamente a perfumar sus aposentos con agua de rosas y mejoran, y a lavar su ropa con una mezcla de clavo de olor, nuez moscada, áloe, jazmín, naranja y almizcle; insistía en que todos los días inventaran para él un nuevo perfume. En la “Corte Perfumada” de Luis XV, los criados introducían palomas en distintos perfumes y las soltaban en las fiestas, para que tejieran un tapiz de aromas cuando volaban entre los invitados.
El hedor es pues un problema real que, independientemente de la moralidad que se muestra actualmente en los medios de comunicación en contra del mal olor ―corporal o ambiental―, ha sido siempre en casi todas las culturas un presagio de enfermedad o de malestar anímico. Generalmente, ha sido casi siempre recibido con desagrado por la mayor parte de las sociedades, que como ya hemos dicho antes, es y ha sido el olor el que predispone al bienestar, y el hedor, al malestar. Se puede decir que queda demostrado que los olores afectan y predisponen al individuo a pesar de que este no sea del todo consciente.
2-El perfume
A lo largo de la historia, los perfumes se han usado principalmente con el propósito de predisponer a ciertos recuerdos, causar bienestar o excitar el deseo sexual. El perfume se ha establecido como factor primordial para el bienestar físico y espiritual de los seres humanos.
“¡Quién pudiera desleírse
en esa tinta vaga
que inunda el espacio de ondas
puras, fragantes y pálidas!
¡Ah, si el mundo fuera siempre
una tarde perfumada,
yo lo elevaría al cielo en el cáliz de mi alma!”
Se puede decir que la utilización de los perfumes se inició en la Prehistoria , cuando nuestros antepasados advirtieron que ciertas maderas y resinas desprendían un olor agradable al ser quemadas ( de ahí el sentido etimológico de la palabra “perfume”, que deriva del latín per-fumum, y significa humo, vapor). No es hasta la civilización del Antiguo Egipto cuando se encuentran los primeros documentos gráficos sobre el uso de perfumes en sus dos principales vertientes: en primer lugar con fines religiosos, como las ofrendas a los dioses y a los muertos; y, en segundo lugar, con fines profanos, para embellecer y hacer más atractivos a los vivos, especialmente a las mujeres. Todas las culturas, que se pueden llamar avanzadas utilizaron perfumes: en China, el uso ritual del incienso propició hace casi tres mil años un período artístico basado en los braseros de bronce; por la misma época, en la India se quemaba sándalo en honor de Buda. Los adelantos inspirados en la alquimia, como los alambiques y otras formas de destilación, tuvieron una pronta utilización en la perfumería, y ya en el siglo XI los árabes extraían aceites esenciales de las flores. Actualmente, continua vigente la motivación religiosa de quemar incienso en las iglesias, pero es la antiguamente minoritaria vertiente profana la que sustenta un mercado de millones de personas que, en todo el mundo, hacen de perfumarse un ritual diario.
Se denomina perfume cualquier sustancia olorosa que se adquiere en un establecimiento. Pero existen diferentes tipos de concentración , de mayor a menor, a saber: el perfume o extracto es la presentación comercial con la concentración más alta, que oscila entre el 15 y el 30%, según las marcas, de esencia diluida en alcohol 90º. Suele ser el más caro, pero se utiliza en poca cantidad. La concentración de esencia del eau de parfum es menor, del 10 al 15%, diluida también en alcohol 90º. Se utiliza en mayor cantidad que el extracto, y puede usarse tanto en gotas como en vaporizador. La concentración de esencia eau de toilette es del 5 al 10%, diluida en alcohol de 85º, y suele presentarse en frasco vaporizador. El agua de colonia, en cambio, es muy poco persistente ya que el porcentaje de esencia es del 3 al 5%, diluida en alcohol de 70º. Finalmente, el porcentaje de esencia del eau fraîche es bajo, del 1 al 3%, y suele diluirse también en alcohol de 70º. En todos los frascos de perfume se detallan la concentración alcohólica y, ocasionalmente, el porcentaje de esencia; cuanto mayores sean ambos, más intenso y duradero será el aroma.
Los perfumes se clasifican según las características de su fragancia :
1- Agua de colonia: se compone de esencias cítricas como limón, naranja, bergamota y de la flor del naranjo. Tiene base de ámbar y almizcle, es muy refrescante y estimulante.
2- Eaux fraiches: es natural, fresca, cítrica, muy refrescante con toques floridos, aromáticos y amaderados que le dan tenacidad al carácter.
3- Agua de lavanda: su composición es compleja, reproduce principalmente el olor de la flor de la lavanda.
4- Especiadas: hecha de diferentes especias como clavo, vainilla, pimienta, canela. Es cálida y dulce.
5- Amaderadas: muchos perfumes tienen este carácter con olor a cedro, sándalo...como acompañamiento en la nota de fondo. Se usa en fragancias masculinas y se destaca por su carácter dominante.
6- Aromáticas: nace de varias hierbas aromáticas tales como hinojo, tomillo, anís, romero. Utilizada en creaciones masculinas modernas.
7- Fougère: (Helecho): es una composición inspirada en aromas del bosque y consiste en una mezcla entre lavanda y musgo de encima, haba tronca y geranio. Corresponde al grupo de fragancias masculinas.
8- Silvestre agreste: generalmente se usa en creaciones masculinas. Resulta de la mezcla de lavanda, hierbas silvestres como agujas de pino, salvia, espliego etc. con fondos amaderados y especias.
9- Verde: influenciada por las familias florales y chipre. Es una fragancia limpia, fresca, seca con olor a césped, a hierba cortada y a plantas silvestres.
10-Florales: es muy suave, basada en la fragancia de una sola flor como jazmín, muguete, rosa etc.
11- Floridas: es una mezcla de varias flores:
a) Florido Cálido: va acompañado de notas cálidas.
b) Florido Fresco: tiene notas frescas, expansivas y muy vivaces.
12- Aldehidadas: aroma florido modificado por el carácter graso de los compuestos químicos. Por su carácter, fuerza y poder de difusión ha revolucionado la perfumería siendo indispensable en nuevas creaciones.
13- Chipre: Agua de Chipre: es un perfume fuerte de gran difusión. Su preparación nació en la isla de Chipre. Se compone de musgo, encima, rosa, ámbar, bergamota, con notas amaderadas, especiadas, estoraque, almizcle etc.
14- Cuero tabaco: son perfumes muy vigorosos con mucha personalidad y persistencia. Consta de un acorde de notas amaderadas, polvorosas, balsámicas que conceden al tabaco un tono dulce y cálido. Son fragancias preferiblemente masculinas pero también las hay para la mujer.
15- Orientales: son perfumes un poco dulces y cálidos, inspirados en los olores del lejano Oriente como canela, opopónax y vainilla.
Como bien anota Juan Eduardo Cirlot en el Diccionario de Símbolos , “el perfume, asociado al simbolismo general de lo aéreo, equivale a la penetración en este ámbito de formas concretas que se traducen en estelas, símbolo de reminiscencias, de recuerdos”. Se ha comentado anteriormente que los olores (y en este caso, también los perfumes) son la mayor fuente de recuerdos, conscientes o inconscientes de la mente humana y, además de su poder evocador, tienen un gran poder seductor.
Centrándonos en la fragancia, cuyos elementos refrescantes despiertan los sentidos hacia una verdadera vivencia olfativa, se puede hablar de un número infinito de sensaciones; los componentes embriagantes del jazmín, de la rosa, la tuberosa o el heliotropo buscan adormecer la consciencia por una intoxicación enajenando la fría razón, dando vía libre a la expresión de las emociones y la fantasía; las fragancias eróticas a base de productos animales (muy apreciados por estar rodeadas de una especie de misterio pues provienen de las secreciones, y están íntimamente relacionadas con el celo), dejan advertir la más mínima semblanza de olor carnal y avivan la imaginación erótica. Los componentes estimulantes que contiene la vainilla, excitan la mente erotizada y la inducen a percibir impresiones sensuales. El olor balsámico, suave, tierno, caluroso del ámbar gris, el aroma diluido con sabor a nuez dulce y áspero animal del almizcle son olores que recuerdan el cuerpo humano. Su olor perdura mucho tiempo y confiere aquella atracción llamada “la vida del perfume”, y ningún olor sintético puede sustituir a la legítima esencia.
Constatamos que hay un profundo lazo entre el erotismo y los aromas. El olor característico de la mujer y el hombre se acentúa durante la excitación sexual y aumenta la atracción mutua.
“La mujer es como una fruta que sólo exhala su fragancia cuando la frotan con la mano. La albahaca, por ejemplo, a menos que la calientes con los dedos no emite su perfume. Es igual con la mujer; si no la animas con tus caricias y besos, con mordiscos en sus muslos y abrazos apretados, no obtendrás lo que deseas; no experimentarás placer cuando ella comparta tu diván, y ella no sentirá afecto por ti.”
Aunque, realmente, el perfume busca ante todo sublimar el atractivo de la mujer, por eso los grandes perfumes son esencialmente sensuales y voluptuosos. Así lo vemos en La Celestina de Fernando de Rojas, en el que somos testigos de una descripción completa y detallada de la casa de la alcahueta, medio perfumista, medio hechicera, un personaje que reconocemos como arquetipo relacionado con lo oculto y lo erótico, tal y como se caracterizan los perfumes. La definición del diccionario es: “un personaje semejante a un cupido del amor, mediador en relaciones amorosas o sexuales irregulares o encubridor de ellas”:
“[…] Tiene esta buena dueña al cabo de la ciudad, allá cerca de las tenerías, en la cuesta del río, una casa apartada, medio caída, poco compuesta y menos abastada. Ella tiene seis oficios, conviene saber: labrandera, perfumera, maestra de hacer afeites y de hacer virgos, alcahueta y un poquito hechicera. Era el primer oficio cobertura de los otros, so color del cual muchas mozas de estas sirvientes entraban a su casa a labrarse y a labrar camisas y gorgueras y otras muchas cosas; Ninguna venía sin torrezno, trigo, harina o jarro de vino y de las otras provisiones que podían a sus amas hurtar; y aún otros hurtillos de más cualidad allí se encubrían. Asaz era amiga de estudiantes y despenseros y mozos de abades; a éstos vendía ella aquella sangre inocente de las ciutadillas, la cual ligeramente aventuraban en esfuerzo de la restitución que ella les prometía.[…] Y en su casa hacía perfumes, falsaba estoraques, menjuí, ánimes, ámbar, Algalia, polvillos, almizcles, mosquetes. Tenía una cámara llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos de barro, de vidrio, de arambre, de estaño, hechos de mil facciones; hacía solimán, afeite cocido, argentadas, bujelladas, cerillas, llanillas, unturillas, lustres, lucentores, clarimientes, albalinos y otras aguas de rostro, de rasuras de gamones, de cortezas de espantalobos, de taraguncia, de hieles, de agraz, de mosto, destilados y azucarados. Adelgazaba los cueros con zumos de limones, con turbino, con tuétano de corzo y de garza, y otras confacciones. Sacaba aguas para oler, de rosas de azahar, de jazmín, de trébol, de madreselva; y clavellinas, mosquetadas y almizcladas, polvorizadas, con vino; hacía lejías para enrubiar, de sarmiento, de carrasca, de centeno, de marrubios, con salitre, con alumbre y millifolia y otras diversas cosas. Y los untos y mantecas, que tenía, es hastío de decir: de vaca, de oso, de caballos y de camellos, de culebra y de conejo, de ballena, de garza y de alcaraván y de gamo y de gato montés y de tejón, de arda, de erizo, de nutria. Aparejos para baños, esto es una maravilla, de las hierbas y raíces que tenía en el techo de su casa colgadas: manzanilla y romero, malvaviscos, culantrillo, coronillas, flor de saúco y de mostaza, espliego y laurel blanco, tortarosa y gramonilla, flor salvaje e higueruela, pico de oro y hoja tinta.[…] Esto de los virgos, unos hacía de vejiga y otros curaba de punto.”
El primero de los olores de carácter erógeno que debe considerarse es el producido por el cuerpo humano. Los olores del hombre y de la mujer son diferentes ya que se basan en químicas particulares propias de cada sexo y, en parte, su misión es despertar el impulso sexual. Así algunos olores, generados por la actividad hormonal de las anteriormente citadas glándulas apocrinas, en combinación con ciertas bacterias específicas (como por ejemplo, un perfume), no desencadenan una reacción biológica irresistible ―como a menudo la publicidad pretende hacer creer―, sino que excitan los mecanismos sexuales, preparándolos para una actuación que se realizará o no en función del estado fisiológico y las condiciones y circunstancias en que se encuentran los individuos. En otras palabras, mientras que en las especies animales el olor, en la época de celo, desencadena una actividad sexual con finalidad reproductora, en el hombre provoca un impulso de atracción atenuado por condicionantes físicos, culturales, sociales, morales y religiosos. El olor corporal se desarrolla a partir de la pubertad, coincidiendo con la madurez sexual. La función erógena de este olor no sólo se verifica a raíz de su localización en las zonas pilíferas que rodean los aparatos urogenitales o las axilas, sino también en las variaciones de sus emanaciones, determinadas por la temperatura del cuerpo, la edad y, en el caso de la mujer, los ciclos menstruales.
El hombre ha descubierto en la naturaleza y en laboratorio los medios para producir innumerables olores diferentes de los corporales, que refuerzan y amplían sobremanera los mecanismos de excitación erótica en función de la personalidad del individuo, de su grado de refinamiento y de percepción del entorno, y también de su sexo, edad y propósitos. En este sentido, los perfumes, al actuar sobre la sensualidad de los seres humanos, son los principales aliados del olor corporal para estimular el deseo sexual. Por esta razón el olor de la pareja está casi siempre asociado al perfume que usa, y el reconocimiento de éste en otras circunstancias evoca su recuerdo y el placer del contacto físico. Cabe constatar que un perfume afecta de diferente manera en los individuos; el olor de cada persona, cambiará respecto al perfume que use, empero, tendrá un olor diferente respecto a otra persona con el mismo perfume. De ahí que se afirme el efecto activador del perfume en el cuerpo humano, aunque no se puede afirmar que la fragancia por sí sola haga parecer irresistible a un individuo, ni haga despertar una atracción inevitable, como en la actualidad se quiere vender el perfume.
Por otra parte, los aromas extraídos de las glándulas de animales de carácter erógeno a considerar son los siguientes: en primer lugar el ámbar gris, fluido aceitoso que segregan ciertas ballenas para proteger su estómago del hueso afilado de la jibia o del pico afilado del calamar, de los que se alimentan; en segundo lugar el castóreo, que se encuentra en el saco abdominal de castores canadienses y rusos, animales que lo emplean básicamente para marcar sus territorios. Luego, la algalia, una secreción de aspecto semejante a la miel, proveniente del área genital de un felino de Etiopía, nocturno y carnívoro, y finalmente el almizcle, un pariente muy cercano de la testosterona humana, una secreción roja, gelatinosa, que se extrae de un ciervo asiático ( el ciervo almizclero). Durante siglos el hombre ha ido descubriendo, según Diane Ackerman , a causa, en parte por el bestialismo, común entre pastores de las regiones de donde proceden. El hecho de que estas glándulas odoríferas despierten el deseo sexual en el ser humano, es un misterio que ha poco se ha ido la ciencia ha ido descubriendo. Ackerman, apunta como explicación posible el hecho de que estos olores tienen la misma forma química que un esteroide (lípido), y nuestra respuesta al olerlos es semejante a cuando olemos feromonas humanas. Se basa Ackerman en estudios o experimentos como por ejemplo el llevado a cabo en Internacional Flavours and Fragances, en el que se descubrió que las mujeres que olían almizcle desarrollaban ciclos menstruales más cortos, ovulaban con frecuencia, y les resultaba más fácil concebir.
Dado que el acto de perfumarse no se limita simplemente al hecho de oler bien, sino que se busca ejercer, de acuerdo con la propia personalidad, un efecto agradable y excitante en los demás, los componentes del perfume deben evocar y reforzar el propio olor corporal. Pero la acción erotizante de los componentes de “olor animal” sólo se produce cuando las imágenes y los recuerdos que suscitan permanecen en el inconsciente, pues de lo contrario puede generar el rechazo de dicho olor. Es decir, el olor animal cumple con la función de erotizar en la medida en que no es percibido como tal. De ahí que las sustancias fuertemente erógenas deban dosificarse adecuadamente y tengan que ser enmascaradas con otros componentes que mediaticen los recuerdos olfativos corporales.
También como en los olores, el efecto del perfume es muy individualista porque un mismo aroma puede despertar sentimientos e impulsos distintos en diferentes personas y que pueden perdurar toda una vida. En este sentido, el perfume está también asociado al veneno, ya que produce una atracción que puede resultar embriagadora, a veces peligrosa e irresistible.
A su vez, el perfume desempeña un papel de purificación porque exhala, a menudo, substancias incorruptibles como las resinas (incienso). Sin embargo, mientras que el incienso en el ritual hindú corresponde al elemento aire, los perfumes corresponden al elemento tierra; representan la percepción de la conciencia. Pero el perfume es también expresión de virtudes: eso dice Orígenes a propósito del buenísimo olor del ciprés. En el yoga es también manifestación de una cierta perfección espiritual, pues el olor que desprende un hombre puede depender de su aptitud para transmutar la energía seminal; cuando éste es urdhvaretas, desprende el perfume del loto.
El uso del perfume tiene un marcado carácter hedonista. Sin embargo, el mero hecho de perfumarse no asegura la consecución del placer, ya que en los mecanismos olfativos entran en juego numerosos factores de tipo fisiológico, psicológico, cultural y social, entre otros, que también influyen en el comportamiento de las personas. Hay quienes afirman que saber perfumarse es todo un arte y aconsejan echarlo en aquellas zonas del cuerpo donde los latidos son más intensos, como por ejemplo, las muñecas, los tobillos, las sienes, los lóbulos de las orejas y el busto, ya que el calor del cuerpo activa su fragancia y la hace más duradera.
El perfume es también símbolo de luz: “Toda lámpara es una planta, el perfume es la luz” escribe Victor Hugo. “Todo perfume es una combinación de aire y luz”, según Balzac.
“Un perfume es una presencia abstracta… es la presencia a que precede a la mujer antes de que llegue, y lo que queda de ella una vez que se aleja. Es lo que hace que la imagine antes conocerla y seguir sintiéndola a mi lado cuando la luz se apaga.”
Desde un punto de vista perceptivo, el perfume puede describirse como “una mezcla de materiales odoríferos con identidad propia, única y estéticamente adecuada”. Es decir, una combinación equilibrada de materias primas, en las que cada una desempeña un papel importante en el resultado final.
La perfumería se ha considerado un arte y una ciencia pues el perfumista selecciona y mezcla convenientemente los materiales basados en raíces, ramas, flores, frutos, maderas, estratos de origen animal y desde luego elementos sintéticos. Preparar un perfume es un arte de gran sutileza que se puede comparar con la música, la pintura, e incluso, hoy en día, con el arte culinario. En estrecha correspondencia con el tema del músico o el esbozo del pintor está el arte del perfumista, pues este construye sus esencias alrededor de un acorde primario. Así como el músico afina su instrumento y el pintor armoniza sus pigmentos, el “nariz” (así se les llama a los perfumistas en la actualidad) mezcla unos aromas cuyas capas o grados de intensidad equivalen a los sonidos altos, medios y graves que combina el músico.
La perfumería es el arte de combinar de forma sutil y precisa aromas naturales y sintéticos puestos en una solución alcohólica. Consiste básicamente en lograr una mezcla armónica, persistente y homogénea, que resulte agradable. El secreto de todo buen perfume está en lograr una fragancia sugestiva, original y duradera. Existen alrededor de diez mil esencias que forman la base de los perfumes y se clasifican en tres grupos: animales, vegetales y sintéticas. De la naturaleza se extraen entre 700 a 1000 materias primas naturales, que suelen ser muy costosas pues se necesitan en grandes cantidades de excelente calidad para lograr la esencia. El método más moderno de extracción de estas sustancias es mediante disolventes y da como resultado el llamado concreto, de consistencia cerosa y de fuerte aroma. Se mezcla con alcohol, se filtra y se guarda helado; después se evapora el alcohol y se obtiene el conocido “Absolut” ( del francés: absoluto).
Los sacerdotes del Antiguo Egipto fueron los primeros perfumistas artesanos del mundo, tenían el cargo exclusivo de elaborar deliciosas sustancias cuya fórmula constituía un secreto celosamente guardado. Entonces, el perfume consistía en varias especias aromáticas en forma de polvo fino.
Los persas fabricaron ungüentos mojando flores en aceite para luego exprimirlas cuando el aceite estuviera impregnado de sus aromas.
De hecho, los ungüentos y humos aromáticos también sirvieron de culto en el Antiguo Testamento; Moisés recibe la orden de mezclar ácoro, cinamomo, canela y mirra fina con aceite de oliva para preparar el bálsamo sagrado que servía para ungir a los sacerdotes, emperadores, reyes y altos funcionarios para distinguirlos de la gente común. María Magdalena ungió los pies de Cristo con esencia de nardo y los Reyes Magos le adoraron ofreciéndole oro, incienso y mirra como signo de realeza y divinidad. Babilonia fue durante mucho tiempo el jardín más aromático del mundo. Semiramis, creadora de los famosos jardines colgantes de Babilonia, hizo traer flores exóticas de la India y Arabia y árboles de resinas aromáticas para la producción de perfumes. El Cantar de los Cantares , perteneciente al antiguo testamento, es según Diane Ackerman el “poema más lleno de aromas de todos los tiempos en el que se entreteje una historia de amor alrededor de perfumes y ungüentos”. El Esposo, aunque se trate de un evidente artificio literario, realiza este escrito de sabiduría, como el Eclesiastés, bajo el nombre del sabio más grande de Israel: el rey Salomón. La Esposa se dirige de tal manera a su amado:
“¡Que me bese con los besos de su boca!
Mejores son que el vino tus amores;
exquisitos de aspirar tus perfumes,
tu nombre, un ungüento que se vierte,
por eso te aman las doncellas.
Llévame en pos de ti: ¡Corramos!
El rey me ha introducido en sus mansiones;
por ti exultaremos y nos alegraremos.
Evocaremos tus amores más que el vino;
¡con qué razón eres amado! […]
Luego, en el diálogo entre Esposos:
“―Mientras el Rey se halla en su diván
mi nardo exhala su fragancia.
Bolsita de mirra es mi Amado para mí,
que reposa entre mis pechos.
Racimo de alheña es mi amado para mí,
En las viñas de Engadí.[…]”
―Yo soy el narciso de Sarón,
el lirio de los valles.
―Como el lirio entre los cardos,
así mi amada entre las mozas.
―Como el manzano entre los árboles silvestres,
así mi Amado entre los mozos.
A su sombra apetecida estoy sentada,
Y su fruto me es dulce paladar.
Me ha llevado a la bodega,
Y su pendón que enarbola sobre mí es Amor.
[…] Huerto eres cerrado,
hermana mía, esposa,
huerto cerrado,
fuente sellada.
Tus brotes, un paraíso de granados,
con frutos exquisitos;
nardo y azafrán,
caña aromática y canela,
con todos los árboles de incienso,
mirra y áloe,
con los mejores bálsamos. […]”
Después de las conquistas de Alejandro Magno, los perfumes egipcios llegaron a Grecia. Los griegos consideraban que el perfume tenía origen divino y a las mujeres que sabían preparar fragancias se les atribuía poderes místicos. Luego, al comienzo del Imperio Romano, el uso de los perfumes se limitó únicamente a ceremonias religiosas y funerales. Los romanos se distinguieron por la invención de nuevas mezclas en perfumes cosméticos; por su parte, los árabes practicaron el arte de la perfumería: inventaron la destilación y se les atribuye la exquisita Agua de Rosas. El ámbar, el almizcle y la rosa fueron sus fragancias predilectas, y hasta hoy esos tres productos constituyen la base esencial en la composición de los perfumes más lujosos. De hecho los
En cuanto al oficio de perfumista, es desarrollado mediante la experiencia y el estudio de las propiedades de las materias que intervienen en la elaboración de los perfumes. El “arte del perfumista”, por tanto, consiste en la conjunción de los conocimientos científicos, la experiencia personal y el talento para el trato y combinación de los elementos aromáticos. El peso de la experiencia práctica para el dominio de una materia tan versátil, evanescente y voluble como el olor, ha establecido históricamente la preponderancia de la figura del maestro perfumista, dueño y señor de los secretos de su arte, como única fuente de conocimientos a la que podían recurrir los aspirantes. Estos viejos maestros, rodeados de un aura de secretismo, y en cierto modo, al margen de los estudios académicos, apenas se mostraban dispuestos a transmitir a sus discípulos los secretos de su arte; antes bien veían en ellos extensiones menores de sí mismos, sumisos ejecutores de intocables fórmulas.
No obstante, el perfumista moderno debe poseer unas aptitudes naturales para el olfato (cualidades olfativas innatas) y, además, experiencia de laboratorio, pero también conocimientos químicos y farmacológicos adquiridos en escuela superior.
En conclusión, el perfume es una creación producto tanto del ingenio científico y tecnológico como de la imaginación del hombre.
Hoy en día el perfume, dentro de la industria de la cosmética, supone un inmenso negocio. Enseguida destaca el hecho de que se considere hoy en día la cosmética como una industria comparable por ejemplo a la industria agrícola (considerada “de primera necesidad”), y el perfume ha dejado de ser un producto para la clase alta en el proceso de industrialización de la producción que comportó el descenso de costes, y está, cada vez más, al alcance de un público más numeroso.
Aunque hace más de dos siglos que perfumistas pioneros abrieron fábricas y establecimientos para comercializar las fragancias que mezclaban en sus rudimentarios laboratorios, se considera el nacimiento de la perfumería moderna a principios del siglo XX, en cuanto las grandes firmas de perfumes entran a formar parte
Todo lo que lleva consigo el perfume forma parte de uno de los tantos negocios que existen actualmente; los perfumistas, los departamentos de marketing y de nuevos productos, los publicitarios, los creadores de moda y los diseñadores de envases, entre otros, tienen que unirse para llegar a una misma meta. El perfume se realiza a partir de minuciosos estudios de tendencias del mercado, estudios de posición de competidores y en función del grupo de edad al que irá destinado que se dimensiona sobre la base de su capacidad adquisitiva. El perfume se vende bajo el nombre de la marca de una casa de perfumería, de alguna joyería de prestigio, de una personalidad conocida o incluso con el nombre de algún actor o actriz.
Comenta Diane Ackerman que no sólo perfumamos nuestros cuerpos y casas, sino que también perfumamos casi cada objeto que entra en nuestras vidas, desde el coche hasta el papel higiénico. Los comerciantes de coches usados emplean un perfume de “coche nuevo”, garantizado para predisponer a los clientes a comprar aún la chatarra en peor estado. Los agentes inmobiliarios suelen rociar con olor a “pastel recién hecho” la cocina de una casa antes de mostrársela a un cliente. En los grandes almacenes se pone un poco de “olor a pizza” en el sistema de aire acondicionado para abrir el apetito de los clientes e inducirlos a hacer una visita al restaurante. Ropa, neumáticos, tinta de rotuladores, juguetes, todo huele a perfume. Incluso se pueden comprar discos de perfume que se tocan como discos de música, salvo que lo que sueltan es aroma. Como se ha probado en muchos experimentos, si uno le da a la a la gente dos latas de la misma cera para muebles y sólo una de ellas con olor agradable, esas personas jurarán que la perfumada es la que encera mejor. El olor afecta en gran medida a nuestra valoración de las cosas, así como nuestra evaluación de la gente. Incluso los productos llamados “inodoros” están, de hecho, perfumados para disfrazar los olores químicos de sus ingredientes, por lo general con un toque almizclado. En realidad, apenas un veinte por ciento de los ingresos de la perfumería proviene de perfumes para personas; el otro ochenta por ciento procede de los perfumes destinados a los objetos entre los que vivimos. La nacionalidad influye sobre las fragancias, según han comprobado muchas compañías; a los alemanes les gusta el pino, los franceses prefieren las esencias florales, los japoneses se inclinan por aromas más delicados, los norteamericanos, por los más fuertes, y los sudamericanos los quieren más fuertes todavía. Casi todos los países comparten la necesidad de cubrir los suelos y paredes con olores agradables, especialmente con el olor de un bosque de pinos o el de una plantación de limoneros; todos quieren vivir entre perfumes.
Nos parece imposible vivir en la naturaleza, sigue Ackerman, sin quitarle sus aromas y usarlos como talismanes, imaginando que poseemos su ferocidad, su magnetismo o su vivacidad. Vivimos en ambientes desinfectados y ordenados, y si la naturaleza se muestra los bastante mal educada como para entrometerse ( en la forma de una polilla, una mosca o una termita que cava bajo las tablas del suelo, o una ardilla en los cimientos o un murciélago en el ático), la perseguimos con la sed de sangre de un cazador. No obstante, insistimos en meter a la naturaleza dentro, junto con nosotros. Tocamos un punto en la pared y hacemos que el cuarto se llene de luz, como en un día veraniego; nos rodeamos de un surtido completamente innecesario de olores de aire libre: pino, limón, flores. Es posible que no necesitemos el olor para sobrevivir, pero sin él nos sentimos perdidos y desconectados.
La primera civilización de la que se sabe que empleó perfumes regularmente, con extravagancia y también con sutileza, fue Egipto. Sus complejas prácticas de embalsamamiento y entierro de los muertos exigían el uso de especias y ungüentos. Quemaban toneladas de inciensos en complicados rituales. Para hacerse a la idea, una dama del antiguo Egipto que asistiera a una fiesta llevaría un cono de cera perfumado en lo alto de la cabeza; el cono se fundiría lentamente, e iría cubriéndole la cara y los hombros de una jalea aromática. Los egipcios eran un pueblo limpio, ingeniosamente sibarita, obsesionado con la higiene; ellos inventaron el arte del baño, que era seguido habitualmente por un masaje con aceites aromáticos para relajar los músculos y calmar los nervios.
Así pues, el perfume es a la vez un producto del sistema capitalista, de carácter claramente consumista, donde el buen olor o el bien perfumado son considerados lo éticamente correcto. Al mismo tiempo es un elemento relacionado con el placer y, como hemos visto, existe desde que el hombre descubre que puede uncirse con aromas con diversas finalidades.
2-Los aromas en la literatura
Mi propósito es realizar una búsqueda literaria de como los olores, y por consiguiente, los perfumes, han desencadenado gran admiración en los escritores de la literatura universal, de Occidente y a lo largo de la historia. Destacaremos los escritores que más se han maravillado ―bien sea a través de la prosa, o bien de la poesía― del mundo de los aromas, un mundo ante todo volátil e imaginario, evocador, memorioso, efímero y eterno.
El primer autor a considerar en la prosa es Patrick Süskind; la primera edición de su libro El perfume , en el año 1985 presenta una novedad en la historia de la literatura universal por ser una novela que tiene como tema central el olor. Por este motivo, he decidido dedicarle un capitulo aparte para analizarla exhaustivamente.
En cuanto a la poesía, La Biblia de Jerusalén es el libro dónde aparecen por primera vez fragancias y ungüentos muy relacionados con la pasión amorosa. En el Cantar de los Cantares, como ya hemos visto, se presenta el diálogo entre dos enamorados que hablan entre sí comparándose el uno al otro con flores y especias olorosas, frutas, viñas, árboles; un amor erótico, suntuoso y voluptuoso, hilado a través de los perfumes y las fragancias del otro:
¡Qué hermosos tus amores,
hermana mía, esposa!,
¡Qué sabrosos tus amores! ¡más que el vino!
¡ Y la fragancia de tus perfumes,
más que todos los bálsamos!
Miel virgen destilan
tus labios, esposa.
Hay miel y leche,
debajo de tu lengua
y la fragancia de tus vestidos,
como la fragancia del Líbano.
En las tierras áridas dónde sucede la historia, la gente se perfumaba con frecuencia y bien, y esa pareja cuyas bodas se aproximan, habla poéticamente de amor y rivaliza en elogios tiernos e ingeniosos. Cuando él comparte la mesa con ella, es un “haz de mirra” o un “ramillete de los viñedos de En-ge-di”, o bien es musculoso y esbelto como “una joven gacela”. Para él, la virginidad de ella es “un jardín secreto…, una fuente callada, un manantial vedado”. Sus labios “rebosan como un panal: miel y leche hay bajo su lengua; y el olor de sus ropas es como el aroma del Líbano”. Él le dice que en la noche de las bodas entrará en su jardín, y hace la lista de todas las frutas y especias que sabe que encontrará allí: incienso, mirra, azafrán, granadas, áloe, cinamomo, cálamo y otros tesoros. Ella tejerá una tela de amor alrededor de él, y llenará sus sentidos hasta que desborden de una riqueza oceánica. Tanto la conmueve a ella este tributo de amor, y tanto se ha inflamado de deseo, que responde que sí, que abrirá las puertas de su jardín para él: “¡Levántate, cierzo, / ábrego, ven! / ¡Soplad en mi huerto, / que exhale sus aromas!/ ¡Entre mi Amado en su huerto y coma sus frutos exquisitos!.” Finalmente, la posesión: “Yo soy para mi Amado y mi amado es para mí: /él pastorea entre los lirios… Grandes aguas no pueden apagar el amor,/ ni los ríos anegarle.”
Las esencias se presentan con lujuria y pasión para los sentidos de los Esposos, y se van mezclando los elementos gustativos y olorosos, inseparables, a través de un lenguaje flexible y rico, que fluye sin esfuerzo entre figuras retóricas como metáforas y comparaciones, resultando una relación plenamente sensible. Esta es la prueba histórica de que el hombre, ya desde tiempos antiguos, ha sido consciente de las esencias que le ha dado la naturaleza para perfumarse y ha tenido en cuenta el olor corporal del individuo en las relaciones humanas.
Siguiendo con la poesía, no podemos dejar de nombrar al escritor francés Charles Baudelaire (1821-1867). Fue un poeta desgraciado en su vida, un marginado de la sociedad, arquetipo romántico, que renegaba de la realidad terrestre y tendía hacía una espiritualidad más cerca de Dios y de Satán, rechazando así el universo materialista burgués que imperaba en la Francia del siglo XIX. Se le encuadra dentro del romanticismo tardío, precursor del simbolismo y el parnasianismo.
¿Se puede afirmar que Baudelaire es el poeta de los olores por excelencia? Quizás haya sido el poeta que más se embriagó con perfumes y esencias, un explorador del mundo oculto de los olores. Él es el escritor sensorial que une la pasión excitada, placeres de cuerpo y de música, de perfumes y ensueños directos, plasmados en sonetos iluminados, vibrantes, estrofas sinceras y atrevidas compuestas con palabras seductoras y eternas, pintadas con musical desasosiego, con rítmica rebelde y versificación clásica.
Su mayor dolor es el Tiempo. Por ello hay que huir; dirá: “Es menester embriagarse sin cesar”. Huir del Tiempo y así, gozar. Aclara: “Embriagarse con vino, con poesía o con virtud, como queráis”. Una sensibilidad que se dirigía hacia una paisajística artificial y hermosa, como si quisiese borrar el tiempo vivido y los horrores de su vida. Algunos críticos hablan de frenesí, de violencia de pasiones, de enfermedad incurable; pero el galo es un poeta angustiado, un hombre de extrema lucidez y de maravillosa sensibilidad. Intuitivo, simbolista, el “último tipo romántico” según Jacinto Luis Guereña , Charles Baudelaire es “el artista que poetiza la atracción del cuerpo, el encanto hechizante de los sentidos, el amor y el baile, el amor y la música, el amor y la calle, todo ello viéndose en la mujer que es morada de intimidades gozosas.”
En uno de los poemas de su obra Las flores del mal dedicado al gato, ese animal erótico y majestuoso, cuenta el poeta que su olor se parece al de su amante. Y es que el gato es uno de los pocos animales que se limpia con su propia saliva; tal vez por eso lo captemos, y lo capte Baudelaire como una bestia sensual, misteriosa, hechizante y mágica:
[…] De su piel blonda y oscura
brota un perfume tan dulce que
embalsamado quedé una noche con sólo
acariciarla una vez…
[…] Et, des pieds jusques à la tête,
Un air subtil, un dangereux parfum,
Nagent autour de son corps brun.
(y desde los pies a la cabeza,
una aire sutil y un perfume peligroso
ondean en torno a su cuerpo moreno.)
Luego, en el poema titulado “Parfum exotique” habla directamente de los perfumes que respira de los senos de su amante. Los aromas y esencias que le traen el viento y el calor se convierten en una experiencia alucinante, y le transportan hacia una isla encantada, donde hay frutos extraños, hombres, mujeres. Se ve arrastrado por el perfume hacia un puerto marino, hacia “climas seductores”, y su nariz se llena del aroma esparcido, rozando el delirio exótico, como hacia un viaje de ensueño:
Quand les deux yeus fermés en un soir chaud d’automne,
Je respire l’odeur de ton sein chalereux,
Je vois se dérouler des rivages hereux
Qu’éblouissent les feux d’un soleil monotone ;
Une île paresseuse où la nature done
Des arbres singuliers et des fruits savoureux ;
Des hommes dont le corps est mince est vigoureux,
Et des femmes dont l’oeuil par sa franchisse étonne
Guidé par ton odeur vers de charmants climats,
Je voit un port remplis de voiles et de mâts
Encore tout fatigués par la vague marine,
Pendant que le parfum des verts tamariniers,
Qui circule dans l’air et m’enfle la narine
Se mêle dans mon âme au chants des mariniers.
(Cuando cerrados los ojos, en cálido atardecer de otoño,
respiro de tu pecho el olor acogedor y fogoso,
veo dibujarse un litoral de dichas
que deslumbran las luces de un sol monótono;
veo una isla lánguida en donde la naturaleza
ofrece árboles raros y de sabroso fruto;
hay hombres de cuerpo delgado y vigoroso,
y mujeres cuyos ojos de limpidez asombran.
Por tu olor guiado hacia seductores climas,
veo un puerto, lleno de velas y arboladuras,
barcos aún con huellas de las olas marinas,
y, mientras, el perfume de los verdes tamarindos
que por el aire se esparce y mi olfato llena,
en mi alma se une a la canción marinera.)
En el poema titulado “Le parfum” (El perfume), se dirige directamente al lector instándole a que recuerde su propia experiencia placentera con el encanto evocador del perfume. De nuevo, su experiencia olfativa es honda y mágica:
Lecteur, as-tu quelquefois respiré
Avec ivresse et lente gourmandise
Ce grain d'encens qui remplit une église,
Ou d'un sachet le musc invétéré ?
Charme profond, magique, dont nous grise
Dans le présent le passé restauré!
Ainsi l'amant sur un corps adoré
Du souvenir cueille la fleur exquise.
De ses cheveux élastiques et lourds,
Vivant sachet, encensoir de l'alcôve,
Une senteur montait, sauvage et fauve,
Et des habits, mousseline ou velours,
Tout imprégnés de sa jeunesse pure,
Se dégageait un parfum de fourrure.
(Lector, ¿recuerdas haber respirado
con embriaguez y saboreado gozosamente
ese incienso que inunda una iglesia
o ese almizcle siempre en su bolsita?
Encanto mágico y hondo cuyo pasado
regenerado en lo actual nos embriaga.
Como el amante que junto al cuerpo de la amada
evoca la flor exquisita de la memoria.
De su pelo elástico y asimismo pesado,
Ardiente incensario, fumigación de alcoba,
Surgía un olor salvaje como de fiera,
Y su ropa de espumilla o de terciopelo,
Hondamente impregnada por edad juvenil,
Exhalaba un perfume como de pieles.)
Esta vez, en Harmonie du soir (Armonía del atardecer), dedica Baudelaire unos versos a las flores, aquellos vegetales que exhalan su fragancia, al igual que los animales, en una declaración de fertilidad, en un reclamo sexual hacia los de su misma especie. Ahora compara la evaporación del perfume con la música (“vals melancólico”), recordando un verso suyo en el que reconoce que su “alma se elevaba al perfume como el alma de otros se eleva a la música”.
“ Voici venir les temps où vibrant sur sa tige
Chaque fleur s'évapore ainsi qu'un encensoir;
Les sons et les parfums tournent dans l'air du soir;
Valse mélancolique et langoureux vertige!
Chaque fleur s'évapore ainsi qu'un encensoir;
Le violon frémit comme un coeur qu'on afflige;
Valse mélancolique et langoureux vertige!
Le ciel est triste et beau comme un grand reposoir.
Le violon frémit comme un coeur qu'on afflige,
Un coeur tendre, qui hait le néant vaste et noir!
Le ciel est triste et beau comme un grand reposoir;
Le soleil s'est noyé dans son sang qui se fige.
Un coeur tendre, qui hait le néant vaste et noir,
Du passé lumineux recueille tout vestige!
Le soleil s'est noyé dans son sang qui se fige...
Ton souvenir en moi luit comme un ostensoir!“
(Es ya época en que vibrando en su tallo
las flores se evaporan como un incensario;
sones y aromas giran en el aire crepuscular;
¡vals melancólico y vértigo lánguido!
Las flores se evaporan como un incensario;
el violín tiembla cual corazón doliente,
¡vals melancólico y vértigo lánguido!
triste y hermoso es el cielo como un amplio altar.
El violín tiembla cual corazón doliente,
corazón cariñoso que odia abismos vastos y sombríos;
triste y hermoso es el cielo como un amplio altar,
el sol se sumió en su propia sangre coagulada.
Corazón cariñoso que odia abismos vastos y sombríos,
del luminoso pasado recoge infinitos vestigios.
El sol se sumió en su propia sangre coagulada…
¡Y en mí brilla tu recuerdo igual que una custodia!)
Las flores han sido cantadas desde tiempos antiguos, han sido mediadoras de amores y sus aromas han sido comparados con los de amados y amadas. Las flores son una fuente clara de inspiración para poetas, y sus esencias han dado lugar a perfumes, fragancias, inciensos, ungüentos, jabones, etc.
Las violetas, por ejemplo, han sido motivo de admiración por escritores y otros personajes sensibles de la historia; Napoleón y su mujer Josefina adoraban las violetas. Ella solía utilizar un perfume con aroma a violeta. Cuando murió, Napoleón plantó violetas en su tumba.
Violetas, de Luis Cernuda, refleja el encanto de su forma, su color, y la profunda nostalgia que produce el aroma, que parece jugar con el Tiempo a su antojo:
“Leves, mojadas, melodiosas,
Su oscura luz insinuándose
Tal perla vegetal tras verdes valvas,
Son un grito de marzo, un sortilegio
De alas nacientes por el aire tibio.
Frágiles, fieles, sonríen quedamente
Con muda incitación, como sonrisa
Que brota desde un fresco labio humano,
Mas su forma graciosa nunca engaña:
Nada prometen que después traicionen.
Al marchar victoriosas a la muerte
Sostienen un momento, ellas tan frágiles,
El tiempo entre sus pétalos. Así su instante alcanza,
Norma para lo efímero que es bello,
A ser vivo embeleso en la memoria.”
La violeta, apunta Diane Ackerman , se resiste al arte del perfumista, y siempre lo ha hecho. Y es que, actualmente resulta excesivamente difícil y caro hacer un perfume de alta calidad a partir de la violeta; sólo los más ricos pueden permitírselo; pero siempre ha habido emperatrices, dandis, creadores de moda y extravagantes como para mantener con vida el negocio de los perfumes. El secreto del aroma de la violeta, que algunos encuentran empalagoso hasta la náusea, es que no suscita en nosotros ninguna reacción duradera. En palabras de Shakespeare es:
Rápido, efímero, dulce, breve,
el perfume y el anhelo de un minuto.
La causa por la que la violeta seduce y embruja de tal manera a muchos, es que esta flor contiene ionono, que bloquea nuestro sentido del olfato. La flor sigue despidiendo su fragancia, pero ya no somos capaces de olerla. Nos apartamos de ella un minuto o dos, y el perfume regresa a nosotros. Enseguida vuelve a desvanecerse, y así sucesivamente. El aroma de la violeta asalta la nariz como una explosión súbita de perfume durante un segundo para enseguida dejarnos vacíos de olor, y volver a atacarnos. Ningún aroma dispone de una técnica más refinada de seducción. “Las violetas nos han atraído, obsesionado, repelido y en general interesado durante siglos”, concluye Ackerman.
Josep Plà, también opina de manera clara y concisa sobre el misterioso olor de las violetas:
A mi m’agrada el perfum de les violetes. És molt possible que el que acabo d’escriure sigui absolutament greu, una cosa passada de moda, un pur anacronisme. Ho és? La meva ignorància és enciclopèdica. De tota manera em sembla que els clavells espectaculars són inodors i que les roses, que són les flors més meravelloses de la naturalesa, fan olor de mort, que és una olor passablement imbècil. Les violetes, en canvi, quina presència! Els poetes les han cantades per la seva modèstia i les seves virtuts, pel recolliment i la humilitat que semblen tenir. És la mania de projectar sobre la naturalesa els valors de la respectabilitat burgesa. No. De les violetes, el més delicat és el seu perfum. En la jerarquia de perfums, hi ha els perfums secs i els perfums dolços. És el mateix que succeeix amb els vins. Els millors perfums són els secs, com els millors vins són els secs. Però la violeta presenta aquesta curiosa novetat: el seu perfum, malgrat ésser tan dolç, com correspon a una flor d’una tal densitat de teixits, és més agradable que la de qualsevol perfum sec. És un contrasentit, però la vida humana, la valoració humana de les coses, no és més que una successió de contrasentits. Tots els perfums han estat imitat artificialment. L’únic que no ha pogut ésser imitat finalment, ha estat el perfum de les violetes. És un perfum inaccessible, sobre tot ara en aquest temps que, transportat pel vent de la Quaresma, té una força de suggestió tal que poble el nostre pensament de formes, imatges, reminiscències, dels somnis més fets a la mida de les nostres humanes debilitats i flaqueses.
Josep Plà nació en Palafrugell el año 1897 y falleció en 1981. Escritor laborioso y genial, ante todo un cronista, Plà representa la mejor forma de expresión de la literatura catalana del siglo XX, comparado por Joan Fuster con Ramon Llull, por su ejemplo facundo y fuerza creadora. Parte de los modelos de Proust y Stendhal para solidificar su propio estilo, directo y preciso, irónico y siempre minuciosamente trabajado. La escritura es para él un oficio; rehuye de ser escritor de “domingo por la tarde”. En sus propias palabras: “escriure és un ofici que consisteix a lligar graciosament substantius i adjectius”.
En el fragmento seleccionado perteneciente a una recolección de cuentos llamada Fer-la petar , define el aroma de las violetas como un perfume de intensa fuerza de sugestión, que “puebla nuestro pensamiento de formas, imágenes, reminiscencias y sueños” en una narración fluida y casi telegráfica. Compara el antagonismo de la propia existencia con el contrasentido del perfume de las violetas, que a pesar de ser una fragancia dulce y empalagosa, es más agradable que un perfume seco (para él los mejores son los secos).
Federico García Lorca es el poeta, podríamos decir, de la naturaleza, siguiendo la tradición de Juan Ramón Jiménez. Su poesía, ciertamente metafísica suele ser musicalizada a través de metáforas oníricas de árboles, frutos, plantas, flores, y cuando no, de animales. Su frenesí pasional le lleva a utilizar los cinco sentidos, gusto, vista, oído, tacto y olfato para su meta poética y su meta pictórica. Ya que podríamos decir de un poema de Lorca que se asemeja a una composición plástica; un gran cuadro que se puede leer e interpretar de diferentes maneras. Empero, esta voluptuosidad, y esa marcada melancolía de las palabras le lleva a la sencillez más hermosa del cantar popular y del cante flamenco (cante Jondo). Toda su obra poética queda claramente impregnada de imágenes sensuales y sensoriales, siguiendo la tradición surrealista; la rima lleva el sello rítmico de la poesía convertida en un juego, en un arrebato de candidez. A veces es modernista en la permanente animalización de los personajes o de las metáforas mismas. La muerte, el deseo, lo carnal, se encuentran superpuestos a fábula que puede ser narrada, cantada o bien en forma de diálogos, más bien de carácter teatral.
ELEGÍA
“COMO un incensario lleno de deseos,
pasas en la tarde luminosa y clara
con la carne oscura de nardo marchito
y el sexo potente sobre tu mirada.
Llevas en la boca tu melancolía
de pureza muerta, y en la dionisíaca
copa de tu vientre la araña teje
el velo infecundo que cubre la entraña
nunca florecida con las vivas rosas
fruto de los besos.
(…) ¡Oh mujer potente de ébano y de nardo!,
cuyo aliento tiene blancor de biznagas.
Venus del mantón de Manila que sabe
Del vino de Málaga y de la guitarra.”
Vemos en Gacela del amor imprevisto, como plasma Lorca perfectamente el perfume de la persona a quién va dedicado. Aunque el andaluz va mucho más allá de la sensación olfativa, es una buena muestra de cómo percibe el efecto de los olores:
“NADIE comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.
Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.
Entre yeso y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué, para darte, por mi pecho
las letras de marfil que dicen siempre,
siempre, siempre: jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de tus venas en mi boca,
tu boca ya sin luz para mi muerte.”
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