Chet Baker's 'Ax' and his 1954 Caddy, 1954, William ClaxtonDiego G. Morandi
01/07/2005
.- Introducción
1. El romanticismo del jazz: melancolía y rabia
-La melancolía, “el más legítimo de los tonos poéticos”
2.Relación entre vida y obra del artista romántico
-Estética del sufrimiento: un “mal su siècle”
-Chet, un dandy
-El mito/ el maldito; un romanticismo
-Escuchas musicales
(...)
Porque dulce será anegarse
En un abrazo inmenso,
Vuelto niebla con luz, agua en la tormenta;
Grato ha de ser aniquilarse,
Marchitas en los labios las delirantes voces.
Himno a la tristeza. Luis Cernuda
INTRODUCCIÓN
Es partiendo de estas premisas que me propongo en este trabajo analizar el arte del trompetista Chet Baker para vincularlo y compararlo con el arte romántico, un estilo o movimiento estético y filosófico pero sobre aquella “manière de sentir” a la que se refería Charles Baudelaire. Puede ser interesante averiguar qué hay en la actitud artística, en la lírica y sonoridad musical de Chet Baker de romanticismo, investigación que llevará a analizar propiamente el sentir romántico; será a partir de la constatación tan bien expresada por un crítico de jazz que construiremos esta analogía:
En el fondo se trata de un creador [Chet Baker] que busca refugio en los descampados sociales, en la torre de marfil o en el abismo –dos actitudes románticas-, y sobrevive, enlutado y prometeico, en guerra con la negación de la vida, cuyo desenlace es siempre previsible.[1]
Considerando que Baker tuvo una vida de grandes triunfos y estrepitosos fracasos, acompañado de un malditismo notorio (discutiremos si fue inventado o real), y teniendo en cuenta al mismo tiempo la importancia que adquiere en el romanticismo la vida del artista para su arte, hablaremos de la relación entre vida y obra del músico norte-americano que ha llegado hasta nuestros días como una leyenda del jazz, más que como un simple artista, tal y como nos llegan los mitos románticos, los suicidas, los dandis, los incomprendidos, los que sufren de malditismo al fin y al cabo.
El Romanticismo es el sentir que inicia la modernidad, la antesala donde se cuecen las artes del siglo XX, vanguardias, y de lo contemporáneo hasta lo actual[2], y a su vez, el jazz es el origen de la mayoría de la música moderna, resultado de ese genial encuentro que se dio en América del norte entre África y Europa[3]. Por ello, pueden encontrarse en el jazz –como movimiento estético y podríamos decir filosófico, no solo como movimiento musical– diversos puntos de encuentro con el Romanticismo:
“el único factor constante y común en sus opiniones y sus escalas de valores, siempre cambiantes, es la fe en las trascendencia de la individualidad –del yo individual y de sus
posibilidades de experimentar– y el rechazo de todos los valores que no lo expresaban.”
El jazz como estilo musical tiene orígenes variados que es preciso comentar a modo de introducción. Uno de ellos y el principal es el Blues, aquella forma musical de lamento cantada por los afroamericanos esclavizados del que luego surgirá el jazz –si bien en un primer momento predominan el swing y el Dixieland, estilos festivos y de alegría– que más tarde será utilizado por los afroamericanos como una forma de rebeldía en la sociedad norte-americana:
Casi cien años después de que empezó, el jazz sigue siendo lo que era: una música de protesta; también esto contribuye a su vitalidad. Grita contra la discriminación racial, social y espiritual, contra los clichés de la moral burguesa, contra la organización funcional de la moderna sociedad de masas, contra la despersonalización inherente a esta sociedad.
Recordemos, en el mismo sentido, que el romanticismo es un movimiento de rebeldía en un primer momento, una reacción de protesta y de subversión contra la tendencia neoclásica de la Ilustración.[4] Más tarde, con la experimentación que permite la libertad conseguida, el romanticismo en la música tendrá también ese otro lado del ensueño melancólico, como el jazz, que en un primer momento tiene dos grandes bifurcaciones: la rabia, la rebeldía, lo “hot” por un lado, y por otro lado la melancolía, lo sentimental, el lamento, lo “cool”, que aunque son dos partes de un mismo conjunto –también lo era el blues, entre el lamento y el quejido– hemos de separarlos para analizar al músico que nos ocupa. Se pueden encontrar perfectas similitudes para esta diferenciación en la teoria poética de Gustavo A. Bécquer:
Chet Baker sigue la estela de lo cool, que es polo opuesto a la experiencia del bebop, si bien también habrá grabado temas al más puro estilo ‘bop’, la melancolía es el principio alrededor del cual gira la mayoría de la obra de Baker.
Podemos afirmar pues que el jazz como música bebe en gran medida de la experiencia romántica; se funde en dos polos que son, al fin y al cabo el mismo, entre la melancolía y la rabia.
“Puede que sea su melancólica soledad lo que causa tanta impresión, esa sensación de que Baker está verdaderamente perdido en el bosque”.
“Chet Baker encajaba perfectamente en lo que Fellini veía como un dantesco frenesí de decadencia moral y espiritual. Su declive tenía un trágico atractivo para muchos europeos, que lo veían como un artista que ejercía un dominio mágico sobre las almas de la gente.”
“Su música era uno de los lamentos más hermosos del siglo XX”
Tomemos como ejemplo una de las canciones que definirán su estilo, Goodbye, de la que nos habla el mismo James Gavin:
"Goodbye, el sonido que le hizo famoso: un sonido tan suave y transparente como el cristal con un brillo de dolor y misterio parpadeando bajo la superfície, imposible de escrutar desde más cerca.”
La Belleza relacionada con la desdicha en el arte (y también en la vida, como veremos más tarde); se trata de premisas románticas que los músicos de jazz siguieron al pie de la letra. Es interesante constatar que en el período de Chet Baker el jazz era muy apreciado por los intelectuales europeos que se llamaban a sí mismos existencialistas, y que por sus propuestas artísticas ligan en gran medida con la herencia romántica. En Estados Unidos el jazz fue la banda sonora del movimiento beatnik, escritores como Jack Kerouac o Allan Ginsberg y fotógrafos como H. Cartier-Bresson, iniciadores de lo que hoy en día se conoce como la contracultura, y predecesores del hipismo; una generación que con la voluntad de liberarse de los fuertes prejuicios de la sociedad norteamericana a través de posturas radicales como las experiencias con las drogas, el vagabundeo en la carretera, bien plasmado en la película Easy Rider.
No podemos descartar que esa postura o esa actitud de Chet Baker fuese simplemente una máscara fabricada por él mismo, por los críticos de jazz o por los seguidores del músico. En todo caso la figura que nos llega es una figura, inventada o real, puramente romántica, parecida a la figura del dandy romántico. Sí podemos juzgar su música, que resulta estrañamente romántica.
La música nos habla de muchas maneras; tantas como maneras de escucharla hay. Si bien la parte existencialista en Chet Baker es nula; su actitud de indiferencia y de romántico apenado es prototípica; hablar de existencialismo sería falsearlo, pero Baker en la música habla de cosas más allá de las palabras y los conceptos –quién pudiera descifrarlos. Solo el oyente atento entenderá que al trompetista le preocupa el horror del Tiempo, como a cualquier músico, fuera de la música la existencia, la vida misma, es banal, acaso innecesaria:
Exorcista baudelairiano de la destrucción, un mal sueño que no tiene sentido vivir sin la embriaguez : “Es para no sentir el horrible peso del tiempo. Es menester embriagarse sin cesar, con vino, con poesía o con virtud, como queráis.”
Hay que destacar que a Chet Baker se le haya llamado muchas veces el “poeta del jazz”, dado que su interpretación de los grandes standarts del jazz le otorgaba una calidad poética a su música inconmensurable; si creemos la proclama del romántico Edgar Allan Poe que abre este apartado, la melancolía, el más legitimo de los tonos poéticos, Chet sería propiamente un poeta, dado que tiende una y otra vez al tono melancólico; no solo con la música que sale de su trompeta, en un tono extremadamente flojo auditivamente (rara vez toca a más volumen que un mezzo forte), sino también con las baladas cantadas, que suelen adquirir un tono profundamente triste. Una de las grandes virtudes del trompetista son los solos que articula en los standarts del jazz, por ello afirmó con bastante acierto un crítico musical de su época: Sus solos estuvieron considerados como modelos de expresión sincera, tan elegantes como poemas. (p.16)
Canciones como “Everything happens to me”, “Moon and Sand”, “Oh you crazy moon”, “Time after time” o bien “My funny Valentine”[11] se convierten bajo la lírica del músico en verdaderos poemas, en la mayoría de los casos lamentos de amor, que de la misma manera que Bécquer, el romántico español por excelencia, puede ser el pretexto para exponer la teoría romántica: “En las rimas pone de manifiesto la sinrazón del amor (por tanto de la vida) al elevar con radical sinceridad su propia tragedia interior a categoría universal. El amor es un pretexto para exponer la teoría romántica.”
It’s not mistake
Every time we say goodbye, I die a little…
Imagination is funny, it makes a cloudy day sunny
Imagination is cray, your whole perspective gets hazy
I Guess I’ll go trhough life just
Catching colds and missing train
Everything happens to me
Por lo que hay de deducir que la música en sí ya era poesía, la literatura de las baladas no le interesaba al trompetista, cosa que lo demuestra el hecho de que no compuso ninguna balada cantada, sino que se conformaba con adaptar a su estilo las más famosas y repetidas baladas del jazz. La mayoria de las canciones que interpreta Chet Baker son baladas románticas de amor que hablan de encuentros o desencuentros, letras que nos hablan de desdichas de amor en las que no hemos de buscar un sentido a su postura romántica puesto que se trata de canciones simples sin ningún trasfondo existencial. Insistimos, lo importante en Chet es la manera de interpretar las baladas, de hacerlas suyas con ese aire romántico sensual: “Su desentonación drogada e introvertida es extrañamente sensual. Canta muy despacio, y el efecto es de ensueño” [12]
Chet tenía el sentido del silencio, que es la materia prima del músico. Se acercaba al micrófono, dejaba pasar cuatro, ocho compases, y desde el mismo momento en que atacaba la nota, ésta alcanzaba toda su plenitud (...). Conseguía una escucha profunda del público porque daba toda la significación musical al silencio antes de empezar su solo".
“Ses phrases magnifiquement équilibrées étaient d’une rare imagination mélodique et les couleurs, pourtant peu modulées, qu’il tirait de ses instruments étaient d’une exeptionelle et paisible pureté”
2.Relación entre vida y obra del artista romántico
Th. Géricault: Retrato de un joven. 1918-19. Museo del Louvre
La vida del artista en la comprensión de su arte adquiere una importancia que hay que tomar como una nueva concepción del arte mismo. Tal como advierte Hugh Honour:
“la concepción romántica del artista –con todo lo que lleva consigo de «vocación», «temperamento artístico» y esforzado «genio incomprendido»– se halla actualmente tan difundida que se olvida con facilidad lo reciente de su origen. … Toda obra de arte romántica es única, es la expresión de la experiencia vital personal del arista.”
Justamente el origen de esta concepción se da en los siglos XVIII y XIX, los siglos del romanticismo, y del que buscamos a considerar al músico Chet Baker un continuador de esa forma de sentir, de los valores tanto estéticos como éticos. Es notable que esta forma de entender el arte será la piedra angular de casi todos los movimientos estéticos del siglo XX, o sea de la modernidad, como lo vio Octavio Paz:
La más notable de las semejanzas entre el romanticismo y la vanguardia, la semejanza central, es la pretensión de unir vida y arte. Como el romanticismo, la vanguardia no fue unicamente una estética y un lenguaje; fue una erótica, una política, una visión del mundo, una acción: un estilo de vida.
Chet Baker es una caso interesante para mostrar la relación entre vida y obra de un artista, que en este siglo ha tomado tanta importancia, seguramente, como apuntaba Paz, gracias a la “tradición de la ruptura” del romanticismo.
Para empezar a hablar de la vida de Chet Baker vamos a tomar en consideración el aviso del crítico de jazz André Francis:
“Il suffisait de l’écouter, de le voir, penché sur sa trompette ou son bugle, parler de sa musique, de l’entendre chanter d’une tendre voix fragile des standards sentimentaux, pour être ému aux larmes, mais il ne faut pas se laisser prendre à ces pièges émotionnels, on doit juger ce musicien pour ce qu’il est: un des plus grands”
La vida del trompetista, muy bien descrita en la solapa de sus memorias, no merece más de 5 líneas: “vivió la vida propia de una leyenda. Sus tumultuosas e innumerables relaciones sentimentales, las trifulcas y sobre todo la droga marcaron el destino de un músico genial que acabó sus días de manera trágica. A un lado y otro del Atlántico, dentro y fuera de la cárcel, con un consumo diario de diez gramos de heroína y diez más de cocaína, Chet Baker nunca dejó de buscar una suerte de redención.” Se trata del heroísmo de las decadencias del que hablaba Baudelaire, y que tanto éxito ha tenido entre los movimientos artísticos de final del siglo XX; recordemos los mitos de la música norteamericana como Kurt Cobain, Janis Joplin o Jimy Hendrix, y tantos otros a los que es inevitable ya tachar de mitos inmortalizados en la música y en el imaginario social, dado que sus vidas se utilizaron para exaltar la figura de leyenda, así como las condiciones de su muerte: Cobain se suicidó, Joplin y Hendrix murieron de sobredosis, como tantos otros músicos de jazz. Pero cabe preguntarse, ¿se trata de “consciencia desgarrada” y “sentimiento de malestar” como anunciaba Argullol, o estamos hablando de una simple moda de un mercado, el musical, que comercializa la experiencia trágica y trata de fábricar mitos para aumentar las ventas?
Muerta la carne nace el mito y la cultura se apropia del relato vívido. Se nos vende el auge y la caída del músico, asegurando para la historia su resonancia legendaria y para el consumismo mercantil el éxito de ventas. Convertida su biografía en fábula lo que venga después no serán sino tergiversadas simulaciones y teatralidad manifiesta, falsas copias y calcos opacos de un remoto original cuyo verdadero testimonio reside, sólo ya, en el recuerdo de los más allegados al cuerpo del biografiado. ¿Dónde queda el hombre y donde el mito?
Estética del sufrimiento: un “mal su siècle”
Philip Otto Runge
Es importante constatar en esta relación establecida que se tildaba aquella “manière de sentir” de los románticos como una enfermedad; el famoso “mal du siècle”, una dolencia espiritual que hizo que, como en el jazz, algunos encontraran la cura en el suicidio en vida o en el suicidio propiamente dicho. Es sabido que después de leer la novela de Goethe, Las desventuras del joven Werther, muchos jóvenes imitaron al protagonista en su suicidio literario. Los sufrimientos del protagonista, aunque tienen origen en el rechazo de una mujer casada, adquieren una dimensión más amplia de la relación del artista con la sociedad: una turbación espiritual que no encuentra cauce en la realidad, y debe evadirse a través de la muerte (si puede considerársela un arte), la fantasía, la naturaleza, la soledad, y por encima de todo una existencia melancólica. En el mismo sentido encontramos el ejemplo claro de la “enfermedad mortal” de Kierkegaard que en cierta manera anticipa el existencialismo, ese morir de vida:
Tal es la desesperación, ese mal del yo, la Enfermedad mortal. El desesperado es un enfermo de muerte. Más que en cualquier otro mal, se ataca aquí a la parte más noble del ser; pero el hombre no puede morir por ello. La muerte no es aquí un término interminable del mal, es aquí un término interminable. La muerte misma no puede salvarnos de ese mal, pues aquí el mal con su sufrimiento y... la muerte consisten en no poder morir. Allí se encuentra el estado de desesperación. Y el desesperado podrá esforzase, a no dudar de ello, podrá esforzarse en lograr perder su yo, y esto sobre todo es cierto en la desesperación que se ignora, y en perderlo de tal modo que ni se vean sus trazas: la eternidad, a pesar de todo pondrá a luz la desesperación de su estado y le clavará a su yo: así el suplicio continua siendo siempre no poder desprenderse de sí mismo, y entonces el hombre descubre toda la ilusión que había en su creencia de haberse desprendido de su yo. ¿Y por qué asombrarse de este rigor?, puesto que ese yo, nuestro haber, nuestro ser, es la suprema concesión infinita de la Eternidad al hombre y su garantía.
“Baker habia vivido dentro de algún tormento propio que no tenia nombre, y de él había sacado una música tan exquisitamente triste, tan lírica, que la gente se aferró a él durante años, empeñada en descubrir su secreto.”
Un tormento que lo convirtió en maldito o un maldito que se atormentaba El sufrimiento como forma de arte, la existencia partida; se diría de Chet Baker aquél maldito del que hablaba Baudelaire:
Un malheureux ensorcelé
Dans ses tâtonnements futiles
Pour fuir d'un lieu plein de reptiles,
Cherchant la lumière et la clé;
Un damné descendant sans lampe
Au bord d'un gouffre dont l'odeur
Trahit l'humide profondeur
D'éternels escaliers sans rampe.[13]
O porqué no un hombre subterráneo como los llamó María Zambrano, aquellos modernos del siglo XX que están necesitados de una confesión[14]:
Muertos en vida que exhalan gemidos, gritos desde el fondo del sepulcro, que es su infierno, sus palabras suenan siempre, son gritos desde el fondo, como llamadas de auxilio en una época muy poco piadosa, cada vez menos, con los muertos de verdad que al fin ya no gritan […] y de ahí también que sus palabras, gritos desde el fondo del infierno, tengan mucho de confesión a la desesperada y en sus adeptos funcione de una manera parecida a una confesión.[15]
Quizás tengamos que leer las palabras de un crítico de jazz acerca de Charlie Parker, perfectamente adaptables al trompetista del que estamos hablando:
No es tanto un personaje real como el trasunto de un arquetipo poético bien identificado en la historia del arte: el artista solitario como agente de búsqueda de belleza. El músico que ahonda en el ser para triunfar sobre la carne y el eterno perseguidor insatisfecho de la belleza que naufraga en un medio hostil
Sea como sea, y siguiendo con las palabras de Garrido Muñoz, hemos de ser conscientes de que:
...existen los personajes de la frustración. Falsos héroes y solitarios sin estrella, perdedores y poetas apocados, con resonancia mística, que forjan lo patético y lo romántico. El eterno atormentado, convirtiendo sus purgas en algo público, cuando el mercado romantiza, idealiza, trafica y eterniza su figura dando una visión del jazz unidireccional y estereotipada: Dogmatizando que el jazz es vértigo y ello hizo que se llevase a muchos a la tumba.
El jazz es vértigo, como para el romántico lo es la ópera, la sonata, la novela, y sobretodo la poesía; es más el jazz es también abismo, aquel concepto que tanto gustaba a Baudelaire: Considera que se vive más bien como víctima, y que tras las horas, acaso dionisiacas y bienaventuradas, se hunde la voluntad en abismos y en deseos de embriaguez olvidadiza.[16]

Curiosamente parecido a los fantasmas de rostros horripilantes que pintaba Goya.

Chet, un dandy
Pueden establecerse otros vínculos entre su postura como artista y la del romántico, más concretamente los llamados Dandis, de entre ellos el más célebre, Baudelaire, que define el dandismo como el “ultimo destello del heroísmo de las decadencias”. Muchas son las similitudes que podemos encontrar entre los dandys del siglo XVIII y XIX y el dandismo moderno en la estela de Chet Baker. Encontramos en el libro El dandismo recogidos los testimonios de los dandys románticos como Balzac, Barvey D’aurevilly y Baudelaire y curiosamente encajan con el personaje de Chet Baker. Honoré de Balzac nos da algunas definiciones de lo que se entendía en el romanticiso por el dandysmo:
Dandis… calma, displicencia, majestuosa frivolidad y feroz egoísmo.(…) Una de las principales características del dandismo es la de producir siempre lo imprevisto, ese algo que el espíritu acostumbrado al yugo de las reglas no puede esperar en buena lógica. (…) Excentricidad de un modo desmesurado, salvaje y ciego: una revolución individual contra un orden establecido, y algunas veces contra la naturaleza toda.
Además, el mismo Balzac, llevado por el espíritu sentimental propio del romántico nos habla de la figura del dandy como necesario para la sociedad:
“La humanidad tiene tanta necesidad de ellos y de su atractivo como de sus más solemnes héroes o de sus más austeras grandezas, porque ellos proporcionan a las criaturas inteligentes el placer a que tienen derecho, y se introducen en la felicidad de las sociedades de la misma manera que otros hombres participan de su moralidad. Se trata de naturalezas múltiples, que poseen un sexo intelectual indeciso, en el que la gracia es más gracia todavía en la fuerza, y en el que la fuerza se reconoce incluso en la gracia…
El estilo que hizo particular a Chet Baker era el conocido como “cool” (del inglés: sereno, frío, indiferente, distante), una manera de tocar jazz muy relacionada con una postura ante la vida y sobretodo ante el público en el escenario. Fue Miles Davis, como ya hemos visto, el iniciador del cool:
Miles Davis, el trompetista negro cuyo estilo escueto y nervioso definió el cool como una máscara que ocultaba las emociones violentas… Birth of the cool destilaba una estudiada sofisticación y una gélida aura intelectual que fueron profusamente imitadas por el jazz blanco de la Costa Oeste. A pesar de su aparente lirismo, la música de Davis estaba cargada de corrientes subterráneas de rabia, y Baker, cuya propia rabia iba cociéndose, conectó con ese estilo tan apasionadamente que sintió había visto la luz.[17]
Si nos guiamos por lo que nos dicen los analistas de la época, hemos de reconocer que Chet Baker era propiamente un dandy romántico en su actitud, en su imagen cuidada de belleza femenina, de profunda mirada misteriosa, interpretando una música melosa, una insinuación puramente sensual; se diría que él mismo leyó las palabras de Baudelaire: “El carácter de la belleza del Dandy consiste sobre todo en ese aire frío que proviene de la firme resolución de no sentirse emocionado”.

La palabra que casi todos empleaban para describir a Baker era “cool”, frío, distante, que controlaba sus emociones, una cualidad a la que aspiraban todos los jazzmen. Lo cool era un sonido, pero era también un modo de vida.
Por si fuera poco, el mismo prologuista de El dandismo, hace una comparación que puede darnos la clave que estamos buscando para el trabajo:
“Esta forma de vida y de pensamiento [la de los beatniks] que se reclama de la filosofía hindú es un invento norteamericano, como el Dandy romántico lo fue de la Inglaterra Victoriana. Las dos actitudes surgen en sociedades violentas e imperialistas y se caracterizan por un escapismo estético o místico y el odio hacia la masificación.
Si tenemos en cuenta que Baker coincide completamente con el movimiento de los intelectuales beatniks, hemos de admitir que se tratan de dos actitudes que parece tienen bastante en común.
El mito/ el maldito; un romanticismo

Aunque no encuentre enemistad maligna en el exterior, el genio descubrirá sin duda dentro de sí mismo un enemigo presto a acarrearle las mayores calamidades. Por eso la historia de los grandes hombres es siempre un martirologio: cuando no son víctimas de la grandiosa raza humana, sufren por su propia grandeza, por su especial modo de ser, por su odio hacia el filisteísmo, por la incomodidad que experimentan ante los tópicos pretenciosos, las mezquinas trivialidades que les rodean, una incomodidad que les lleva facilmente a la extravagancia.[18]
Y es que el propio H. Honour nos avisa: “Se trata, evidentemente, de un mito inventado por los románticos, un mito tan insidioso como seductor por sus consecuencias que aún sobrevive en nuestros días.” El malditismo va perfectamente asociado a la enfermedad como estilo de vida; muchos se crearon a sí mismo la máscara de maldito, y en otros casos fue resultado de la propia vida en sociedad que los condenó como seres indeseables, anti-héroes, dandys, bohemios, incomprendidos, degenerados, decadentes, que pasará a ser la figura clave del artista en el siglo XX. Desde la decadencia del modernismo con À rebours de J.K Huysmans, pasando por el poeta ciego y miserable Max Estrella de Valle-Inclán, hasta los vagabundos y hippies de la generación Beat, en EE. UU.
Chet Baker adquirió esta máscara de maldito por dos razones principales: la imagen que se creó entorno a su vida (relaciones tempestuosas con las mujeres, con las drogas, con los músicos con los que actuaba) y su adicción a la heroína, que lo llevó a pasar casi tres años en la cárcel.
Pero hoy Chet es un mito, una leyenda, todos coinciden en que la esencia de su vida era un caos incesante atravesado por el genio en estado puro. Se habla de la esencia de su vida, pero se olvida que le hicieron la vida imposible en las salas de jazz cool de la Costa Oeste, y también en Nueva York, y ya no se recuerda que el genio de la trompeta tuvo que ir a tocar a tugurios de Europa donde, convertido en una arruga andante, seguía manejando la trompeta con un virtuosismo y originalidad insuperables. Se le recuerda, sí, pero con la visión deformada de Hollywood, que prepara una gran superproducción sobre su vida[19]
…Chet, en vida o casi, entró en la leyenda, y quienes lo conocieron hablan aún de él como de un ser no del todo real, inquieto, que se buscaba, que se sentía mal en su piel y que el azar había hecho nacer en una época peligrosa para los afables y los débiles, la época fácil y brillante de la prohibición, de la conquista del mundo por el jazz, de los gangs y de la gran depresión. BORIS VIAN
El aura de Chet se ha exagerado mucho. De alguna manera, su falta de personalidad se convirtió en su personalidad. La tromba d’oro y la belleza y todas esas idioteces… Si Chet hubiera tenido la pinta de Mickey Mouse, no tendríamos esta conversación. Él no quería hacer nada, a parte de tocar su trompeta y cantar, y a poder ser, dejar algo que tuvier mérito musical.
[…] “Pero, en otro sentido, no podemos --la humanidad jamás ha podido-- ni queremos prescindir de los mitos. O sea, no podemos ni queremos prescindir de la metáfora en el arte ni en la vida en general. Mejor dicho, no podemos ni queremos prescindir de la imaginación. Ciertamente, el arte necesita la metáfora, es decir, es necesario presentar cosas que no son reales, o sea, que no son un retrato de la realidad en un momento dado ni representan un aspecto concreto de ella, sino que son una concentración de la vida en un plano más alto, como dijo Mao. Se necesita la ficción y la metáfora... en el arte y en la vida en general.[20]
Vi los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura, famélicos, histéricos, desnudos,
Arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de un colérico pinchazo…”
“La heroína y el hundimiento en la irracionalidad, más las temporadas constantes en el alcoholismo, desembocan en el mundo viscos de los traficantes, la existencia vil y la construcción de un (anti) heroísmo de la marginalidad, una épica de las orillas. “
“La realidad llena de apariencias y de trampas los rodea, la fantasía y las representaciones del arte intentan tapar sus agujeros, sus fisuras, o por lo menos, construir una habitación donde puedan ingresar aquellos que dan la espalda al mundo y aceptan un reglamento de vida diferente, nunca escrito, que consiste sólo en normas ausentes y practiables. El espacio resbaladizo de una antropología cuyos cimientos son el deseo y los sueños.
Los perseguidores. Músicos iracundos en busca de lo inefable, de los espejismos tras los cuales corrió Rimbaud… deseaban formar un tipo de alquimia: pesadillas+música+tiempo
La heroína y la trompeta son las musas, proporcionan al instante la plenitud y la euforia que hacen tolerable o incluso deseable el despertar, otorgándole a cada día una pasión ausente en las horas de decaímiento, las más.
Pueden aplicarse las palabras de Borges en referencia al malditismo de Poe y de su relación con su país de origen, el mismo que Chet Baker, Estados Unidos, y ver a los dos artistas casos parecidos:
Sin la neurosis, el alcohol, la pobreza, la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe. Esto creó un mundo imaginario para eludir un mundo real; el mundo que soñó perdurará, el otro es casi un sueño. […] Inaugurada por Baudelaire, y no desdeñada por Shaw, hay la costumbre pérfida de admirar a Poe contra los Estados Unidos, de juzgar al poeta como un ángel extraviado, para su mal, en ese frío y ávido infierno. La verdad es que Poe hubiera padecido en cualquier país. [21]
En el arte la muerte por desgarradura cotiza en bolsa y en lo relativo a las pérdidas humanas bajo la simbiosis jazz y drogodependencia; de aquellos homicidios cometidos por la heroína durante el advenimiento del bop, urge separar tres vectores: la dependencia a las adicciones, el genio creador y el relato mítico de la vida del jazzman en su intento de conquistar la trascendencia de su arte. Parker reunió por sí sólo las tres gracias. Eso gusta mucho al público, por eso su muerte le sienta tan bien. La sangre de los mártires renta mejor. [22]
como artista moderno, para el cual la muerte prematura se presenta como condición de su creatividad. Es la agonía romántica de la muerte prematura: Shelley y Keats, Sylvia Plath y los expresionistas abstractos... mil ejemplos más, a granel.
Epílogo
¿Qué pasa si establecemos similitudes entre los artistas a lo largo del tiempo?, las más de las veces, las piezas encajan como en un puzzle. Ponemos a Chet Baker junto a lo romántico porque escuchamos su música y nos viene a la cabeza un poema de Kierkegard o el célebre A sí mismo de Leopardi:
Vemos una fotografía de Baker joven y visualizamos un retrato de Gericault o de Otto Runge, autorretratos más bien, con ese aire de belleza femenina, mirada perdida y un aire profundamente nostálgico en las comisuras de los labios; construcciones de un sufrimiento, melodías de ensueño que nos llevan hacia un misterio harmonioso, triste al fin, a vueltas trágico, a vueltas esperanzador. Escuchemos ahora relajadamente ese tema, Goodbye y recordemos la melancolía del poeta en afirmar que “no imagina una Belleza sin la presencia de la desdicha”. Escuchamos y en nuestra cabeza se forman paisajes desolados y ciudades en ruina de Friederich, una especie de “vía misteriosa” como se refiere Honour.
No es conclusión precipitada: Chet Baker fue un perfecto continuador de las formas románticas; la interpretación con la trompeta, el cante, su actitud en el escenario. Los críticos hablan muchas veces del romántico Chet Baker, si bien utilizan el sentido moderno de romántico: más relacionado al donjuanismo y al sentimentalismo, que no con la ‘vía misteriosa’ o la melancolía de Poe
...y surgieron reencarnados en los trajes fantasmales del jazz en la sombra del corno dorado de la banda y exhalar el sufrimiento de la mente desnuda de América para amar en un eli eli lamma lamma sabacthani saxofón que llora estremeciendo las ciudades bajo la última radio con el corazón absoluto del poema de la vida descarnada de sus propios cuerpos buenos para comer mil años.
BIBLIOGRAFIA
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―Zambrano, María. La confesión: género literario. Editorial Siruela. Madrid, 2004
―La poesía del jazz. Litoral - Nº 227-228
[1] Miguel Garrido Muñoz, en Cuadernos de jazz, nº 87, marzo-abril 2005.
[2] R. Argullol: “Cabe [...] considerar al Romanticismo como la anticipación de tendencias y contradicciones que dominarán la cultura moderna. Como umbral abierto de la modernidad.” En Romanticismos/ Romanticismo. Pág. 206 y ss.
[3] Las mayoría de críticos de jazz están de acuerdo en afirmar que esta música bebe de las dos culturas: “El jazz es una forma de música de arte que se originó en los Estados Unidos mediante la confrontación de los negros con la música europea. La instrumentación, la melodía y armonía del jazz se derivan principalmente de la tradición musical del Occidente. El ritmo, el fraseo, y los elementos de la armonía de Blues se derivan de la música africana y del concepto musical de los afro-norteamericanos”, en Joachim Berendt. El jazz. Su origen y desarrollo.
[4] Honour Hugh: ...
[5] Una comparación interesante que hace Hugh en su introducción a El romanticismo entre una obra de Gericault y otra de Overbeck puede aportar algo de luz a estos dos polos de los que hablamos, a los que Hugh se refiere como dos lenguajes visuales que no tienen aparentemente nada en común: “lo que en uno es representación audaz y libre, con pinceladas amplias y manchas de pigmento salpicadas con espontaneidad aparentemente exuberante, es en el otro elaboración meticulosa, meditativa, con la precisión de pincelada del miniaturista. Las formas de Géricault resaltan en el lienzo, modeladas con cambiantes contrastes de luz y sombra, superponiéndose bruscamente los pigmentos claros a los oscuros. Las formas de Overbeck se articulan con precisión y frialdad, con contornos firmes, más dibujados que pintados, rellenos hábilmente con colores suavemente modulados de una tonalidad otoñal atenuada: dulce, aunque triste.”
[6] Hernán Ronsino. Simmel y el Bebop, en www.enfocarte.com
[7] Edgar Allan Poe, Filosofía de la composición.
[8] Apéndice
[9] Baudelaire.
[10]Alain Tercinet, en Broken Wing, Chet Baker, 1978, colección Jazz in Paris, Gitanes Jazz Production.
[11] Apéndice
[12] Op. Cit. Pág. 508
[13]Baudelaire, Charles. Les Fleurs du Mal. Versión castellana de Jacinto Luis Guereña. Visor Libros, Madrid, 1996. LXXXIV. Lo irremediable: “Un infeliz hechizado y que/ Mediante tanteos fútiles/ Busca la luz y la clave para/ Huir de una guarida de reptiles. /Un maldito sin antorcha que desciende / Por viejas escaleras sin barandilla / Cerca de un abismo cuyos olores /Pregonan su húmeda profundidad.”
[14] Recordemos las palabras con que se refiere Zambrano a los últimos Románticos ya que pueden ser de gran utilidad: “en su delirio moderno, Baudelaire y Rimbaud: sus polos eran la desesperación y la felicidad; vivir era tan solo sentirse arrebatar por la una o por la otra, hundirse en el abismo de las dos, en verdad un solo abismo.”
[15] M. Zambrano, La confesión: género literario.
[16] Jacinto Luis Guereño, en Acercamiento a Baudelaire. Las flores del mal. Visor Poesía, 1977.
[17] James Gavin.
[18] Cita de H. Hugh en El romanticismo. Heinrich Heine, Religion and Philosophy in Germany (1834)
[19] Enrique Vila-Matas, Querido Chet, en El País, 19 de Enero 2001.
[20] Bob Avakian. Materialismo y romanticismo: ¿Podemos prescindir de los mitos?, en Obrero Revolucionario Nº 1211, 24 de agosto, 2003.
[21] Jorge Luis Borges, en La Nación (Buenos Aires), domingo 2 de octubre de 1949, Segunda Sección, p. 1
[22] Tocata y fuga en la noche. Auge y caída de un mito americano, Miguel Garrido Muñoz. Cuadernos de Jazz nº 87 , marzo-abril 2005